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Ensemble Rezvan acerca la música popular persa a Sevilla

Para aquellos que desconocemos la música oriental, Ensemble Rezvan no deja de ser un grupo más de nombre extraño y de música incalificable. Sin embargo, Ensemble Rezvan llega a Sevilla precedido por la fama de su director, el compositor Hamid Khabazi, y la portentosa voz de la cantante Nasim Shahrivar, una de las jóvenes con más proyección musical en Irán.

El grupo Ensemble Rezvan es un viejo conocido para un público muy especializado de nuestro país. Ha participado en certámenes de música  en Santiago de Compostela, Segovia o Barcelona; por lo que no es la primera vez que vienen a España. En esta ocasión su actuación se enmarca dentro del ciclo de conferencias y conciertos que dedica la Fundación Tres Culturas a la cultura iraní.

Si en el pasado llegaron precedidos de cierta aureola debido a la prohibición  de cantar que existía en Irán sobre alguno de sus miembros, esta vez el grupo destaca especialmente por la celebrada selección del repertorio. Los cantantes Nasim Shahrivar y Vahide Taj pondrán voz a textos de grandes poetas de la tradición persa como Hafiz Shirazi, Attar (aquí más información en inglés), Rumi y Saadi, así como a otras composiciones populares.

El concierto tiene lugar el viernes 27 de Febrero en el Pabellón de Marruecos, sede de la Fundación Tres Culturas, a las 20:30 h. de la tarde. El precio de las entradas es de cinco euros. Para aquellos que vivan en Madrid, el grupo tiene previsto otro concierto en la capital el 6 de Marzo en Caixa Fórum Madrid.

PD: Enlace a la entrevista al grupo realizada por la periodista Ana Jurado Caro en ABC.

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La historia de Jonás

El otro día coincidí con Jonás en el parque de María Luísa. Jonás no deja de ser un cocainómano más de los que andan por el parque y que aprovechan la mínima oportunidad para colarte unos euros, pero quizás entre prisas y agobios, entre el hambre y los niños, ese día me paré y sostuve con él unas palabras. Entre otras cosas y muy fugazmente, Jonás me contó su vida como el que narra la última noticia del telediario, desenfadado y caradura. Empezó por el principio, Jonás es mallorquín, de la misma Palma de Mallorca, no conoció a su padre, drogadicto que dejó a su madre embarazada “y se las piró“. De su madre poco dijo aunque lo suficiente, “drogadicta y prostituta“, Jonás era todo un burgués. Durante años se crió en la playa, yendo a la escuela lo mínimo y sin el control suficiente, he de suponer, debido a las actividades de su madre. En la adolescencia, Jonás se tambaleó entre las letras y las drogas, aunque finalmente ganaron estas últimas y supuso la continuación de la “tradicional actividad” familiar.

Jonás, acostumbrado a pasar largas temporadas en las playas en las que aprendió a tocar la guitarra, como buen amante de la rumba catalana, y a sacar “unas perras gordas” a las descuidadas turistas suecas, vio hundirse su mundo “paradisiaco” el día que conoció a otro hombre. Su nombre lo desconozco, aunque Jonás lo identificaba como “el mal en persona, un verdadero hijo de puta” que entre palabras halagadoras y unas buenas dosis convirtieron a Jonás en chapero profesional durante los primeros años del destape. He de suponer que Jonás, entre las sábanas de hombre o mujer, acabó por encontrarse con la temible enfermedad que come músculo, hueso y vida, y por obra y gracia del destino, se vio en la calle, sin dinero y enfermo. Para esos años ya su madre había muerto y él decidió abandonar la isla de sus desgracias, sin una Penélope que la esperase si algún día regresara.

A caballo entre Oviedo y Palermo, Barcelona y Oporto, Jonás tocaba la guitarra por unas pocas monedas que después guardaba en una lata. Recibía “patadas en la boca de los ricos” que no querían oír su música mientras él se desinflaba corriendo detrás de ellos con sonrisa falsa y mano enlatada. Fue en la capital, quizás influído por su experiencia personal y por la ideología imperante en los rincones oscuros de la calle, cuando aprendió el lema que por unos años cambió su vida: “No existe la propiedad privada“. Durante algunos meses, Jonás se unió a otros compinches para cometer algunos robos en tiendas y aumentar así sus ingresos. No duró mucho y Jonás acabó en la cárcel a principios de los 90, mientras España se preparaba para unos Juegos Olímpicos y una Exposición Universal.

No sé cuanto tiempo estuvo entre rejas puesto que no me lo dijo, pero al terminar volvió a su anterior trabajo como músico callejero mientras su enfermedad avanzaba implacablemente. Madrid no era sitio para él, me dijo, y acabó por marcharse al sur en busca de una oportunidad para bien morir. Jonás ha estrenado el siglo XXI en una de las ocho capitales, se enorgullece de haber vivido “en primera línea de playa“, entre cartones, cuando estaba por Málaga. “Yo he tocado en la calle Larios y en la Gran Vía, he visto amanecer Ibiza después de follar con una diosa sueca.” Ahora Jonás canta en el Parque de María Luísa para poder comprarse las pastillas para el Sida y “mover el bigote” dos o tres veces al día. Sin edad, sin hogar y sin amigos, Jonás no conserva ilusiones pero recuerda perfectamente mil anécdotas y mil personas que pronto se perderán. “La vida es una mierda pero menos mal que ya me queda poco. Un día estás sentado en el paseo marítimo de Barcelona, bebiendo whisky con tres zorras, y al otro día estás en Granada corriendo detrás de los turistas por dos duros de mierda. Yo nunca he tenido nada ni nadie, salvo una amiga. Recuerdo su pelo negro en las calas de mi isla, como olía a mar… Merçé se llamaba, Mercedes.