In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Archivos en la Categoría: Viajes

Tauromenion

Bajo nuestros pies, la playa de Isola Bella se abría en la tierra como dos pechos de agua. En el centro, un medallón de rocas coronado por una casa entre pinos. Bajamos a la playa con unos bocadillos y nos tumbamos a dormir entre las piedras para unirnos a la larga lista de invitados ilustres. El aire era fresco y húmedo,  mientras el sol se asomaba sin vergüenza al espejo del mar, como Goethe, como Wilde, como Klimt

Al caer la tarde, dejamos la playa y subimos por un telesférico hasta el pueblo de Taormina. Bajo la máquina, la garganta del monte se abría a nosotros, ofreciéndonos su cuello de pinos mojados. Cien metros más, una pequeña cuesta plagada de tiendas de recuerdos y llegamos a las puertas de la ciudad. Los turistas eran hormigas trabajadoras que iban de una tienda a otra del corso principale. Y la ciudad era un teatro de palacios, balcones sobre el mar, iglesias recortadas contra la sierra, mujeres con la toalla al hombro y pícaros de mirada esquiva y sonrisa amable. Después de un paseo, entramos en la parte antigua. Un enorme pasillo de roca daba a la montaña. Sobre ella, como una corona de mármol, descansaba el antiguo teatro de Tauromenion, colonia de griegos.

Caía la tarde. El sol bajaba la ladera del Etna hacia occidente lamiendo las piedras del teatro. El mundo clamaba en aquel silencio de milenios. Sonreí y me quité las gafas de sol: que el espectáculo continúe después de todo. Aplaudí antes de dejar Tauromenion.

Dos toallas

Con el índice señalaba la herencia. Un bote de pastillas, un desodorante, un secador de pelo y una caja con monedas. También un paquete de arroz, dos de pasta, cinco botes con especias de mil colores y una botella de salsa de soja, oscura como agua de pozo. Mientras recomponía los estantes, él caminaba pesadamente pasillo arriba y abajo dando los últimos retoques. Y lo observaba todo como recogiendo cada una de las voces que guardaba la casa. Con el rabillo del ojo lo encontré mirando la esquina del techo o abriendo los cajones vacíos por el simple hecho de recordar aquel sonido. Después se detenía ante el espejo mientras ella se peinaba el pelo húmedo, un sólo segundo que parecía siglos y volvía al ritmo lento pero continuo de recoger todo lo que quedaba. Cuando sólo faltaban unos minutos para que llegara el autobús, cogió la maleta y junto a ella abrió la puerta de la casa por última vez. No hizo nada especial, cargó la maleta, se asentó sobre los pies y cerró la puerta tras de sí con fuerza.

Mientras lo oía salir del bloque, desandé el pasillo, lentamente, casi deteniéndome a cada centímetro. Respiré frente a la puerta de su habitación y finalmente llamé como parte del ritual, sin esperar respuesta. Al abrir, sólo el crujir de la madera y un par de toallas mojadas sobre el radiador. Un silencio pesado lo llenaba todo mientras una sombra de moho cruzaba la pared, como un espíritu. De pronto, entendí que al final lo único que dejamos aquí son unas pocas toallas silenciosas, despojos, nada.

Canarias

Hace un par de semanas que no hablo con David, mi canario-cubano-escocés del verano, y ahora que anochece exactamente igual que cuando hablé con él por última vez, me acuerdo de la que ha sido, sin duda, una de las canciones del verano, no ya sólo en sus “islas afortunadas” sino también en Escocia.

Era un espectáculo verlo bailar salsa, con todas las chiquillas alrededor, un “guanche” de metro noventa, una peonza de carne, un jaguar con fuego en la sangre, capaz de todo, hacer bailar a una masa de españoles en mitad de un callejón, alegrar las clases más aburridas, sonreír en medio de la tormenta e ir más allá, cuando Glasgow era casi una segunda Venecia. Pero quizás lo que más recuerdo no sea eso, sino los regresos en el bus, juntos, contando historias de nuestras tierras, hablando de estudios, libros, filósofos y niñas.

Aquellos viajes cantando los he perdido aquí en Sevilla, pero todavía me queda su canción, una canción de ritmo desencajado y letra de comparsa gaditana, al primer oído extraña, pero a la segunda pegadiza, mi canción del verano. Aquí la pongo para vosotros, para él, David, y para otro canario del que también me acuerdo mucho: Carlos Rodríguez Morales.

Further

Quema

Mica

img_5870.jpg

img_5920.jpg

Edinburgh Castle

Suenan las trompas… En el castillo los soldados hacen guardia antorcha en mano. La ciudad esta aun durmiendo y el castillo se eleva como un dedo levantado, uña negra y falange de plata, señalando la hora del asalto. Todo esta preparado, las escalas y los cascos, las ballestas y las cotas de mallas, los caballos y las hachas afiladas.

Ante las puertas del castillo ya aguarda el primer peloton de turistas.

PD: En ELMUNDO hablan del Festival de Edinburgh.

PD 2: El Castillo de Edinburgh se puede ver aqui.

PD 3: Los geologos confundieron el terremoto de España del Domingo, el epicentro estaba en Edinburgh, exactamente en un pub irlandes de la Royal Mile.

Arthur Seal’s

Despues de la perdida de las maletas en el aeropuerto y su posterior recuperacion, rotura incluida, la noticia de la excursion a Arthur Seal’s alegra poderosamente el animo. Y no es que lo este pasando mal, al contrario, sino que todos festejamos la oportunidad de usar un chandal y abandonar por un dia, clases y vaqueros al mismo tiempo.

Arthur Seal’s es un antiguo volcan que se eleva como una cabeza sobre el cuerpo de la ciudad. Inconmensurable, desde su cima se visualiza toda la ciudad y gran parte de las ciudades de alrededor. Dicen los lugareños que en los dias claros (como el de hoy y los de toda la semana) puede verse Glasgow incluso a pesar de la distancia existente entre ambas localidades, aunque quizas favorezca que el area metropolitana de Glasgow sea increiblemente grande dados sus mas de dos millones de habitantes.

El caso es que me regocijo con la idea de estirar las piernas, por si subir a la Royal Mile a diario no fuera suficiente, y tomar fotos -estilo Jesu- desde su cumbre. Ya lo tengo todo preparado, ropa comoda y buenas zapatillas de deportes, camara de fotos, bocata de jamon con tomate y buena compañia, que tambien es importante. Tomare fotos con la camara para intentar colocarlas aqui en cuanto pueda. Compartire con vosotros el espectaculo.

PD: De BSO llevamos a d’Ors gracias a un libro que trae una chica. A mitad de camino, leeremos algun poema suyo de escalada. Asi da gusto estudiar ingles.

PD II: A veces, cuando llego por la noche a casa, previa visita a la taberna, suelo quedarme un rato leyendo. Sin querer, tengo medio poema, el otro medio caera pronto.

“El mundo ha cambiado… Lo siento en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire…”

Queen Street vol.I

Los años no han pasado por la New City. En Queen Street, tabernas de viejo capitan y marineros que hablan con respeto del oceano y recuerdan viejas glorias del Imperio. En un edificio de Queen Street, Caravaggio “near the corner” y ropas mojadas, tomates en carrillo de madera sacado de un mercado antiguo, bolsas de papel y sotanos con vestibulo y olor a libreria de segunda mano. El frio baila en los arboles un momento y sigue su camino calle abajo guiando a siete elegantes gaviotas.

Alli ejecutivos veloces como motos, mujeres con cabello de princesa que apartan la mirada y bambolean sus caderas de rama viva; alli turistas morenos y lugareños de piel blanca que juegan a despistar la sombra de la tarde, la sombra azul del castillo que preside la escena con su dentadura de torres y ventanas. Es Queen Street, aurora en la noche de los años que guarda la entrada a otros mundos, vieja calle que reina la ciudad nueva.

Nos vemos en Edimburgo

con los ojos de Escher

PD I: Dibujo dedicado a Cerero y Luisfer, una tarde en la FNAC.

PD II: El lunes o el martes vuelvo con la primera entrada “from Edinburgh”.