In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Archivos en la Categoría: Vida

El tanque verdiblanco

Hay jugadores con un hambre insaciable que no apaciguan nunca; caníbales del fútbol que sólo viven del gol, por el gol, para el gol. Jorge Molina (Alcoy, 1982) es uno de los tocados por ese frenesí que les lleva a pensar una y otra vez en la red rival. Delantero de envergadura, el alcoyano es uno de esos arietes que rompen la defensa a base de fuerza, de garra, como un tanque que atraviesa las líneas enemigas y no se detiene hasta que el balón golpea la red. Leer más de esta entrada

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Dorado, el guardián del área

No hay sorpresas cuando se trabaja bien todos los días y Chechu Dorado (Córdoba, 1982) ha demostrado ser uno de los mejores de forma cotidiana. Sin embargo, pocos podían predecir la influencia destacada que el zaguero ha irradiado en la zona de atrás cuando llegó gratis y serio a la concentración de El Portil el verano pasado. Con él, el Betis ha recuperado sensaciones perdidas hace mucho, la tranquilidad que alguna vez desprendió Roberto Ríos, la fuerza de aquel Juanito que irrumpió en la Selección o la seguridad al corte del mejor Merino. Leer más de esta entrada

Salva Sevilla, la geometría del máximo asistente

Las gradas verdiblancas no suelen corear su nombre. Su perfil, alto de miras, guardián del centro del campo vestido de canas, no invita a imaginar el talento que guarda en sus botas. Es cierto que no tiene pinta de futbolista, pero por eso es más preciado el tesoro que se encuentra por sorpresa. Así cada asistencia es un grito, cada zancada una señal, cada batalla de Salva Sevilla (Berja, 1984) una amenaza a la defensa rival. Leer más de esta entrada

Belenguer, el talismán de la zaga

David Belenguer (Vilasar de Mar, 1972) hace honor al dicho de que los viejos rockeros nunca mueren. El central, que abandonó el Betis la primera vez por su edad, llegó de vuelta en un año en que su experiencia ha sido un aporte imprescindible a la hora de consolidar a un equipo plagado de jóvenes y con la necesidad imperiosa de lograr resultados. Leer más de esta entrada

Miguel Lopes, las lesiones minaron una brillante temporada

Hay un jugador verdiblanco al que la afición del Betis ha disfrutado por episodios. La intermitencia física de Miguel Lopes (Lisboa, 1986) ha impedido que el lateral cedido por el Oporto haya tenido continuidad en el once de Mel. Sin embargo, a pesar de las lesiones, la idea de que el portugués es un cerrojo importante en la zaga verdiblanca ha logrado implantarse entre la afición.

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Isidoro, el año de la consolidación

El lateral atraviesa como un puñal hasta la línea de fondo. Es mayo y las gradas jalean a un Betis que se ve en Primera el año próximo. Al calor de los gritos, el zaguero se transmuta en extremo y con un quiebro imposible deja al defensa del Tenerife preguntándose por los misterios del fútbol. Después, la sorpresa. Dispara con la derecha, golpea en el guardameta y el esférico besa la red del Villamarín. Un Villamarín de Primera. Un Villamarín que conoce bien las carreras de ese jugador que ahora grita y es uno con la grada. Leer más de esta entrada

Tauromenion

Bajo nuestros pies, la playa de Isola Bella se abría en la tierra como dos pechos de agua. En el centro, un medallón de rocas coronado por una casa entre pinos. Bajamos a la playa con unos bocadillos y nos tumbamos a dormir entre las piedras para unirnos a la larga lista de invitados ilustres. El aire era fresco y húmedo,  mientras el sol se asomaba sin vergüenza al espejo del mar, como Goethe, como Wilde, como Klimt

Al caer la tarde, dejamos la playa y subimos por un telesférico hasta el pueblo de Taormina. Bajo la máquina, la garganta del monte se abría a nosotros, ofreciéndonos su cuello de pinos mojados. Cien metros más, una pequeña cuesta plagada de tiendas de recuerdos y llegamos a las puertas de la ciudad. Los turistas eran hormigas trabajadoras que iban de una tienda a otra del corso principale. Y la ciudad era un teatro de palacios, balcones sobre el mar, iglesias recortadas contra la sierra, mujeres con la toalla al hombro y pícaros de mirada esquiva y sonrisa amable. Después de un paseo, entramos en la parte antigua. Un enorme pasillo de roca daba a la montaña. Sobre ella, como una corona de mármol, descansaba el antiguo teatro de Tauromenion, colonia de griegos.

Caía la tarde. El sol bajaba la ladera del Etna hacia occidente lamiendo las piedras del teatro. El mundo clamaba en aquel silencio de milenios. Sonreí y me quité las gafas de sol: que el espectáculo continúe después de todo. Aplaudí antes de dejar Tauromenion.

Un Buentes

Ya es definitivo. Será niño y, aunque estas cosas son como el viento de impredecibles, en principio se llamará  Jesús. Un Buentes viene de camino y no sabe que es la puerta abierta que muchos necesitábamos. A veces pienso que este año estoy perdiendo muchas oportunidades. Demasiados frentes abiertos, una tierra y una lengua extraña, algunos cambios en la vida y un ritmo demasiado pausado han hecho imposible vivir al 100% este embarazo. Pero qué son los problemas cuando puedes señalar la maravilla con el dedo.

Jesús lo ha cambiado todo antes siquiera de nacer. Será el primogénito del primogénito. Todo honra. Hoy, a cuatro meses de la maravilla, te deseo que tu camino sea largo y brillante, que tus pasos sean nuestros pasos.

Dos toallas

Con el índice señalaba la herencia. Un bote de pastillas, un desodorante, un secador de pelo y una caja con monedas. También un paquete de arroz, dos de pasta, cinco botes con especias de mil colores y una botella de salsa de soja, oscura como agua de pozo. Mientras recomponía los estantes, él caminaba pesadamente pasillo arriba y abajo dando los últimos retoques. Y lo observaba todo como recogiendo cada una de las voces que guardaba la casa. Con el rabillo del ojo lo encontré mirando la esquina del techo o abriendo los cajones vacíos por el simple hecho de recordar aquel sonido. Después se detenía ante el espejo mientras ella se peinaba el pelo húmedo, un sólo segundo que parecía siglos y volvía al ritmo lento pero continuo de recoger todo lo que quedaba. Cuando sólo faltaban unos minutos para que llegara el autobús, cogió la maleta y junto a ella abrió la puerta de la casa por última vez. No hizo nada especial, cargó la maleta, se asentó sobre los pies y cerró la puerta tras de sí con fuerza.

Mientras lo oía salir del bloque, desandé el pasillo, lentamente, casi deteniéndome a cada centímetro. Respiré frente a la puerta de su habitación y finalmente llamé como parte del ritual, sin esperar respuesta. Al abrir, sólo el crujir de la madera y un par de toallas mojadas sobre el radiador. Un silencio pesado lo llenaba todo mientras una sombra de moho cruzaba la pared, como un espíritu. De pronto, entendí que al final lo único que dejamos aquí son unas pocas toallas silenciosas, despojos, nada.

El Aleph

De pronto el caos y el aguijón del suavizante. Dos vaqueros azules, otros negros. Un chaleco marrón que trajeron los reyes estas Navidades y uno oscuro que aún huele a incienso. Una camisa blanca, de domingo de ramos. Un par de camisetas básicas (morado y rojo) compradas en Sfera. Muchos calcetines. Las medicinas de la alergia. Dos latas de sardinas en conserva, una de cocido, otra de lentejas. Un pelapapas. Un puñado de caramelos. Cuatro Estaciones cantadas por José Julio. Homer Simpson absorto en la delantera de unas zapatillas. El Aleph en la maleta.

* Yo también me enamoré de las entradas sobre las cajas de Mesanza.