In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Archivos en la Categoría: Citas

Vercelae

Ellos esperan en la llanura de Vercelae, bajo la tierra.

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Pavese

C’è un giardino chiaro, fra muro basse

di erba secca e di luce, che cuoce adagio

la sua terra. È una luce che sa di mare. Leer más de esta entrada

El Aleph

De pronto el caos y el aguijón del suavizante. Dos vaqueros azules, otros negros. Un chaleco marrón que trajeron los reyes estas Navidades y uno oscuro que aún huele a incienso. Una camisa blanca, de domingo de ramos. Un par de camisetas básicas (morado y rojo) compradas en Sfera. Muchos calcetines. Las medicinas de la alergia. Dos latas de sardinas en conserva, una de cocido, otra de lentejas. Un pelapapas. Un puñado de caramelos. Cuatro Estaciones cantadas por José Julio. Homer Simpson absorto en la delantera de unas zapatillas. El Aleph en la maleta.

* Yo también me enamoré de las entradas sobre las cajas de Mesanza.

A aquellos ojos

Primero otra galaxia, dos estrellas

tanzanita. De pronto un mar de escamas

vivas, algunos cuarzos por las ramas.

Mil campanas tañidas por doncellas.


Dos cuartos de espejo, un alma, dos mamas

de piedra. Resecos charcos sin huellas

de vida, de reserva dos botellas

abiertas, ocho octavillas en llamas.


Un reloj desierto de arena, un big bang,

dos poemas grabados con tu nombre,

cien voces en estéreo, dos salidas.


Aunados un eclipse, un aroma a pan

caliente. Un oasis. Aquel hombre

que os mira, éste que escribe. Más mil vidas…

A aquellos ojos“. Mariano García Morán, Murcia.

Meses después, Teramo te depara estas sorpresas. Un poema para las noches de alcohol y buena compañía. Que este poema sirva de feliz regreso a esta página.

Citas

Esta semana viene muy cargada de citas, así que permitidme que os invite a dar un paseo. De primero podríamos ir a visitar a dos viejos amigos (aquí y aquí). Si a alguien le queda tiempo y ganas, podría invitarlo a la presentación del nuevo libro de Cabanillas en Casadellibro -que creo que es esta semana- y a la lectura de Beades el jueves a las 20 -mañana pongo el sitio- junto a otros poetas que no recuerdo ahora mismo. Ah, y para terminar el cóctel mortal, la búsqueda de imágenes con Vázquez, Toi, Beades, Cerero y otros una tarde de esta semana que creo que era el viernes.

Muchas cosas para hacer justo una semana antes de los exámenes, pero… ¡qué mas da! El tiempo invita a olvidar toda obligación con la universidad.

Discurso de la ceniza de Pablo Moreno Prieto

EL SUR Y LA CENIZA

Zaguán, dehesa, limonero, patio
cisco, jazmín, enjambres. Cal y forja,
Alcores, huertos, adoquín y recuas.
Ropa tendida, muros, clavel, sombra,
pinos, brisa, castaño, dunas, brea,
noche oscura. Fanales, luna rota,
vega, olivar, agosto, vides. Altos
cerros, adobe, pena, luces, loma,
fuentes, racimo, tasca, verso y zéjel.
Plegaria, jueves, almenara, aroma,
bronce, torretas, vino, luto y siesta.
Todos tus nombres y hasta mí retorna
el ancho pasado, el negligente olvido,
y tú siempre doliendo -fuego y roca-
sin yo saber que te quisiera tanto.

[EL SUR Y LA CENIZA, pág 23, de Discurso de la Ceniza de Pablo Moreno Prieto. Áccesit del Premio Adonais. Nº 604 de la Colección Adonais, perteneciente a Ediciones Rialp. S.A.]

…Y no me explico que sigas ahí sentado sin haber comprado este libro todavía, que no me lo explico…

Letra

Sin entrar en los debates de si es necesaria una letra para el Himno, si un equipo de “notables” con asiento para la SGAE es quién legitimamente debe elegirla, si algunos de los elementos que se utilizan en la letra son correctos o no; tras ver las reacciones me pregunto: ¿en qué parte de la letra ve Llamazares a “la España del pasado a ritmo de Bolero”?

Ante la ley, de Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.

– Es posible – contesta el guardián -, pero ahora no.

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

– Si tantas ganas tienes – intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga bárba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que no todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:

– Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.

– ¿Qué quieres ahora – pregunta el guardián -. Eres insaciable.

– Todos se esfuerzan por llegar a la ley – dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?

El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

– Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Traducción por Henzo Lafuente.

Quinn

“Cuando terminó de comer, Quinn se acercó a los estantes de la papelería. Acababa de llegar una remesa de cuadernos nuevos y la pila era impresionante, un hermoso despliegue de azules, verdes, rojos y amarillos. (…) Examinó la pila tratando de decidir cuál coger. Por razones que nunca estuvieron claras (…) sintió un irresistible deseo por un determinado cuaderno rojo que estaba al fondo de la pila. (…) Era un cuaderno normal pero algo en él parecía llamarle, como si su único destino en el mundo fuera contener las palabras que salieran de su pluma.”

Recojo un fragmento de La Ciudad de Cristal de Paul Auster Ed. Anagrama porque, cómo el protagonista, muchas veces siento una especial atracción por los cuadernos. Para mucha gente, la elección de un cuaderno puede ser algo sin importancia, algo casual porque lo entienden como el soporte sobre el que anotar cualquier apunte, pero para mí un cuaderno puede determinar a las claras lo que se va a escribir en él.

Seguramente sea otra de mis manías pero tengo muy en cuenta las características del cuaderno a la hora de comprarlo. Por ejemplo, puedo decir que no me agradan nada las hojas de rayas ni los blocs de cuatro anillas, los cuadernos deben ser flexibles pero a la vez duros, y si llevan cuadraditos, me gusta que sean pequeños y que traigan esa delgada línea roja vertical que sirve de margen. Y esto no es porque vaya a escribir grandes cosas en ellos, ni mucho menos; escribo poemas y hago trabajos directamente en el ordenador y los apuntes los tomo en folios blancos;por lo tanto nunca escribo en los cuadernos.

Tengo guardados más de diez, todos distintos, todos en blanco. Y será muy extraño para algunos pero me gusta coleccionarlos, conservarlos tal y cómo los compré. A menudo pienso que son como diamantes en bruto, guardianes de grandes historias que corren invisibles por sus páginas.

PD: Lean esta noticia de El Mundo, es buenísima.

Agujetas

Hoy un poco de agujetas y dolor de cabeza. Se nos va “el Abuelo”, uno de los mejores actores  que he visto en pantalla.