In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Archivos en la Categoría: Prosa

Mujer sorbiendo garbanzos

La maldición del poeta es señalar la belleza y sufrir la aguja constante del insatisfecho, una sed insaciable que solo remedia el tiempo y otra belleza que apague la visión anterior. Así el poeta, como el vigía, va de un buque a otro, de un poema a otro mientras siente que construye un mundo de ladrillos de arena húmeda junto al mar. Leer más de esta entrada

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Aguas de marzo

La lluvia ha apagado la tarde mientras el domingo se desparrama sobre las colinas del Aljarafe. La ciudad duerme en la cantinela monótona del agua. Sólo el olor a tierra mojada y a azahar llenan este escenario de calles vacías. Ahora todo parece como salido de la mente del poeta, “¡qué maravilla Sevilla sin sevillanos!“, y la realidad me empuja a la misma conclusión machadiana. Dadme un naranjo, un puñado de lluvia y dejadme a solas con este silencio.

Una bola de cera

Primavera de un año que no recuerdo. Los días eran largos, caían pétalos blancos de los naranjos y hacía un calor de rebeca, calcetín de punto y pantalón corto. Era Sevilla sin duda, Semana Santa. Teníamos alquiladas un par de sillas en la Campana y, entre cofradía y cofradía, los niños destensaban la espera jugando al fútbol con unas latas. Yo apenas levantaba un par de palmos del suelo y guardaba algunos huecos ocultos en la sonrisa. Hablaba más, miraba menos, dedicaba mi tiempo a responder con media lengua las burlonas preguntas cofrades de nuestros vecinos de zona, mientras veía a los niños correr tras las vallas. Algunas veces me unía a ellos y corría entonces con unas gafas que recuerdo enormes, unos zapatos pesados que yo transformaba en botas de taco. Así todo era más fácil. Los pantalones cortos eran calzonas y la camisa, la zamarra blanca de un Zamorano ídolo de masas. Leer más de esta entrada

La biblioteca

Los ladrillos apenas habían cambiado. Una sombra de humedad recorría con trazo incierto la pared, pero el resto era tal y como lo recordaba. Un muro delgado de ladrillos rojos y brillantes, tres pequeñas ventanas que dejaban pasar la luz y las jambas de metal verde de la entrada. Exactamente igual que hace años, pensó. Y un niño de pantalones cortos se le subía a las ventanas del alma, con un bocata y alguna que otra mella. Sonrió y giró el picaporte para escuchar aquel tañido de goznes, antesala de la biblioteca, su más perfecta bienvenida.  Leer más de esta entrada

2020

La lluvia arrecia fuerte los cristales del coche, un Renault 5 de gasolina, destartalado y humeante que enfila la última avenida de la ciudad. Cae la tarde. Con las manos apretadas en el volante, Adela cuenta meticulosamente los semáforos que cruza, deteniéndose en los números. Tiene miedo y se afana en distraer la mente con juegos matemáticos.  Al llegar al octavo semáforo de la calle, gira a la derecha y aparca entre dos cubos de basura. Es un párking de mierda -piensa- pero desde lo pútrido volveré a lo más alto.  Leer más de esta entrada

Merisi

Con la raqueta atada a la espalda -una pala de madera clara y cordaje de tripas importada desde el mismo París- y los mismos demonios de siempre, el jugador más pendenciero de Roma entró en la taberna de Marte. Cinco mesas mal dispuestas, herrumbrosas y carcomidas, y una barra que tapaba el mueble donde unas pocas botellas exhalaban un olor pútrido eran el mobiliario del Marte, el bar más peligroso de Campo Marzio. Situado sobre los terrenos de ensayo del antiguo ejército romano, a estas horas de la noche el local bullía con su terna de rufianes descarados, contrabandistas franceses, sacerdotes santones con sonrisa de plata y prostitutas que guardaban bajo el chal cien enfermedades distintas y un palmo de metal con el que zaherir a las fieras. Leer más de esta entrada

Nuevo en la ciudad

Apenas puso un pie en tierra, lo supo. Ni las altas torres, ni las sinuosas serpientes de asfalto de Londres podrían hacer nada. Sí, había cafés, perfumerías, enormes letreros de luz y pantallas de televisión que hacían posible lo inimaginable; pero el paraíso del hombre no quedaba cerca de ninguna parada de autobús, ni de los viejos museos, ni mucho menos de las colas en las tiendas. Así que John Clayton III, su padre, estaba en lo cierto. El viejo Tarzán nunca se equivocaba. Compró un billete de vuelta a casa y esperó sentado en el hall de la terminal de salida.

El último café

Un último café sirve de inauguración para el nuevo proyecto literario de @Bukowski, @Trisco, @Delmako y yo. Una suerte de competición literaria semanal a partir de un tema común. Los escritos (poemas, relatos, etc) son subidos en formato .pdf al blog para que los lectores voten el mejor texto. Después se elige el siguiente tema y así cada semana. Si pinchas aquí, podrás acceder al blog y leer los textos de mis compañeros.

Os dejo mi aportación más abajo. Leer más de esta entrada

Dos toallas

Con el índice señalaba la herencia. Un bote de pastillas, un desodorante, un secador de pelo y una caja con monedas. También un paquete de arroz, dos de pasta, cinco botes con especias de mil colores y una botella de salsa de soja, oscura como agua de pozo. Mientras recomponía los estantes, él caminaba pesadamente pasillo arriba y abajo dando los últimos retoques. Y lo observaba todo como recogiendo cada una de las voces que guardaba la casa. Con el rabillo del ojo lo encontré mirando la esquina del techo o abriendo los cajones vacíos por el simple hecho de recordar aquel sonido. Después se detenía ante el espejo mientras ella se peinaba el pelo húmedo, un sólo segundo que parecía siglos y volvía al ritmo lento pero continuo de recoger todo lo que quedaba. Cuando sólo faltaban unos minutos para que llegara el autobús, cogió la maleta y junto a ella abrió la puerta de la casa por última vez. No hizo nada especial, cargó la maleta, se asentó sobre los pies y cerró la puerta tras de sí con fuerza.

Mientras lo oía salir del bloque, desandé el pasillo, lentamente, casi deteniéndome a cada centímetro. Respiré frente a la puerta de su habitación y finalmente llamé como parte del ritual, sin esperar respuesta. Al abrir, sólo el crujir de la madera y un par de toallas mojadas sobre el radiador. Un silencio pesado lo llenaba todo mientras una sombra de moho cruzaba la pared, como un espíritu. De pronto, entendí que al final lo único que dejamos aquí son unas pocas toallas silenciosas, despojos, nada.

Una última naranja

Ahora que estás lejos y quieres, me dices en tu carta, volver a la ciudad en que naciste; te diré del sol que abraza rincones y tú, que sabes de estrellas, volverás a los vericuetos de una casa con muros de luz cegadora. Te diré de los árboles como centinelas, y tú que has colgado ramas en tu puerta volverás a la explosión blanca del naranjo que señala a una casa con muros de luz cegadora y murmullo de agua. Te diré del albero cegado de los alcorques, y tú, que has prensado la tierra con tus pies,  cerrarás la puerta de luz cegadora tras tu sombra y baldearás, como aquella tarde, la terraza  de muros encalados donde crece el geranio y cae, como caen las piedras indescifrables, una última naranja.