In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Archivos en la Categoría: Narrativa

La biblioteca

Los ladrillos apenas habían cambiado. Una sombra de humedad recorría con trazo incierto la pared, pero el resto era tal y como lo recordaba. Un muro delgado de ladrillos rojos y brillantes, tres pequeñas ventanas que dejaban pasar la luz y las jambas de metal verde de la entrada. Exactamente igual que hace años, pensó. Y un niño de pantalones cortos se le subía a las ventanas del alma, con un bocata y alguna que otra mella. Sonrió y giró el picaporte para escuchar aquel tañido de goznes, antesala de la biblioteca, su más perfecta bienvenida.  Leer más de esta entrada

2020

La lluvia arrecia fuerte los cristales del coche, un Renault 5 de gasolina, destartalado y humeante que enfila la última avenida de la ciudad. Cae la tarde. Con las manos apretadas en el volante, Adela cuenta meticulosamente los semáforos que cruza, deteniéndose en los números. Tiene miedo y se afana en distraer la mente con juegos matemáticos.  Al llegar al octavo semáforo de la calle, gira a la derecha y aparca entre dos cubos de basura. Es un párking de mierda -piensa- pero desde lo pútrido volveré a lo más alto.  Leer más de esta entrada

Merisi

Con la raqueta atada a la espalda -una pala de madera clara y cordaje de tripas importada desde el mismo París- y los mismos demonios de siempre, el jugador más pendenciero de Roma entró en la taberna de Marte. Cinco mesas mal dispuestas, herrumbrosas y carcomidas, y una barra que tapaba el mueble donde unas pocas botellas exhalaban un olor pútrido eran el mobiliario del Marte, el bar más peligroso de Campo Marzio. Situado sobre los terrenos de ensayo del antiguo ejército romano, a estas horas de la noche el local bullía con su terna de rufianes descarados, contrabandistas franceses, sacerdotes santones con sonrisa de plata y prostitutas que guardaban bajo el chal cien enfermedades distintas y un palmo de metal con el que zaherir a las fieras. Leer más de esta entrada

Celestino

-¿Y no tiene miedo de que se abra la caja? -preguntó el niño sosteniendo un grito.

Sin responder, se colocó el abrigo sobre los hombros, un tres cuarto negro de lana raído por las mangas, y apuró la cerveza de un trago. Después se ajustó el sombrero y se llevó la mano a la copa lentamente, con una sonrisa burlona.

-¿Por qué debería temer a un cadáver? Al fin y al cabo, ya no puede hacer nada. -dijo el Enterrador, guiñándole un ojo al niño que lo miraba con miedo tras la barra. Leer más de esta entrada

Nuevo en la ciudad

Apenas puso un pie en tierra, lo supo. Ni las altas torres, ni las sinuosas serpientes de asfalto de Londres podrían hacer nada. Sí, había cafés, perfumerías, enormes letreros de luz y pantallas de televisión que hacían posible lo inimaginable; pero el paraíso del hombre no quedaba cerca de ninguna parada de autobús, ni de los viejos museos, ni mucho menos de las colas en las tiendas. Así que John Clayton III, su padre, estaba en lo cierto. El viejo Tarzán nunca se equivocaba. Compró un billete de vuelta a casa y esperó sentado en el hall de la terminal de salida.

Sobre una fotografía de Esperanza Recio

El reloj pulsa los nervios. El andén palpita como un corazón abierto, sístole y diástole, atrapado por el esternón de luz y metal que se dobla sobre la estación. Hay corros bulliciosos de viajeros e hileras de turistas que asoman la cabeza y buscan una señal a lo lejos. Junto a las vías, alquien cuenta las traviesas -cuatro, cinco, seis, siete…- hasta el infinito. En la estación, la espera parece interminable.

* Es un ejercicio de clase.

El cuaderno de Chaplin

Ayer comencé un diario que encontré tirado en un asiento de autobús, que me dio un hombre extraño mientras iba de camino a la universidad, que me eligió desde una estantería en una librería de segunda mano o, quizás, me regaló alguien que no recuerdo en una fecha que se me escapa. Desde luego el origen de mi cuaderno no deja de ser mítico. Se pierde en el pozo de la memoria, ese fondo oscuro que se alimenta de fechas, nombres, lugares y, por lo que se ve, de cosas que van amontonándose caóticamente en las estanterías de mi habitación.

Ahora ha llegado su turno. Sobre mi cabeza siento el dedo acusador  que me exige que lo abra, que me encomienda a aprender a mirar como un escritor, a buscar mundos en sus páginas con mi tinta azul. Y he abierto sus páginas y he recordado el poema que escribí hace unos años. Decía: “…viajo sin rumbo fijo entre las líneas (…) me muestran, ofendidas, las heridas, las largas voces retumbando siempre…” Regresar a un cuaderno me convertía en un capitán que pasara revista a las tropas y solo encontrase cráneos abiertos, muñones sucios y desafiantes. Muy gore, sí. Ahora volver es como enamorarte de una mujer, es descubrir a fuerza de aciertos y errores que hay realmente tras el blanco intimidante de las páginas.

Mi cuaderno es mi mujer; no la única, quizás, pero sí la mía, la que nace de mi propia costilla y mana de mi propia alma. Y aquí está delante, de pasta rugosa y dura, claroscuro de piel, tatuada con la figura de Chaplin y una cinta estrecha y negra por bandera. Aquí reposa ahora, sobre la mesa, a punto de lápiz y pluma tras el primer embate. Ya irán sabiendo de la historia.

De la crítica literaria

La crítica es uno de esos temas que me apasiona. No sé si por el malditismo y la exigencia extremada del crítico que todo llevamos dentro, no sé si por el “gusto exquisito” de los señores que apuntan con el dedo desde sus columnas en las revistas pero la crítica ya estaba en mi vida antes de entrar en esta Facultad. Adolescente que busca respuestas en las caidas de otros. La edad no ha colmado este ansia, hace meses perdí dos tardes de estudio leyendo las críticas de tres números de la Revista de Occidente que encontré en un despacho de la biblioteca.

Y las hay de todos los estilos y colores, de pinchazos y besos en Babelia, de hachazos en ABCD, explosiones en Letras Libres y en Revista de Libros… pura polémica. Entre mis favoritos están dos grandes, José Luis García Martín -de ABCD- y Carlos Pujol, que antes lo leía en ABC pero al que hace tiempo le perdí la pista. De García Martín he escuchado historias de todos los colores, sin embargo, siempre me ha gustado la forma de señalar lo que no le gusta, ahí, en mitad de una columna, sin venir a cuento casi, tan finamente hilado que casi no vemos razón. De Carlos Pujol, sin embargo, me gusta porque utiliza una forma esperpéntica, desbroza el libro o al autor completamente y lo enfrenta a un espejo donde los errores se exageran hasta hacerse irreconocibles, todo ello sin perder ni un ápice del estilo afilado y exacto de Pujol.

Ahora con la revolución de revistas de internet y blogs que tratan la Cultura las críticas se han multiplicado y, sin embargo, la riqueza de crítica se pierde. A pesar de joyas como esta crítica de García-Máiquez sobre un libro de Carlos Pujol (precisamente) en Poesíadigital, es muy fácil encontrar críticas absolutamente débiles, inseguras y desproporcionadas. Como casi siempre ocurre, la proliferación no tiene por qué aportar calidad sino todo lo contrario.

PD: De regalo un poema de Carlos Pujol que he encontrado en este blog de La Rioja.

*También publicado en el blog Sin futuro y sin un duro.

La historia de Judit (2ª parte)

Es la hora del café” recuerda Judit mientras camina velozmente con aire misterioso. Desde el salón percibo el traqueteo mecánico de la cafetera, el sonido fugaz de unos pasos nerviosos que parecen corretear por la cocina y hasta mí llega un aroma a pastel recién hecho. Tal como se fue, Judit reaparece con un par de bandejas en las manos: “Café caliente, té y tortas de miel caseras, pruébalas” dice mientras deja los platos sobre la mesa. “Están hechas aquí, en el pueblo, en un obrador cercano a la iglesia. ¿Quieres té o café?

Té, por favor.” Contesto atropelladamente. Hay algo difícil de explicar en su forma de sostener la tetera, con el filo de los dedos y las yemas apoyadas en la superficie. Después el líquido resbala sobre la taza desde una gran altura con un chisporroteo de gotas que saltan hasta el borde. Y como el té, su voz continúa con un estrépito controlado. “El orden es importante. Me gusta que todo esté en su sitio y no me refiero únicamente a los objetos de la casa. Es necesario que todo esté como tiene que estar para que funcione bien, ¿me entiendes?” El salón y la casa entera conserva este espíritu en todos los detalles. Los cuadros bien alineados en la pared, las fotografías sobre la mesa, cada pequeño objeto del salón parece reafirmarse en su lugar, advertir al ojo ajeno cuál es su función.

De igual forma, Judit sabe cuál es su misión y cada acto parece dirigido a reafirmarse en su voluntad de entrega: “Cuidar a mi madre de la forma en que lo hago es algo que no todos comprenden. Es difícil explicar qué nos lleva a hacerlo así si realmente no sientes la necesidad que yo tengo” dice refiriéndose a sus cuidados. Su madre padece una enfermedad degenerativa que comienza a anunciarse en pequeños detalles, apenas puede caminar o realizar sus necesidades sin ayuda pero eso no le impide disfrutar del pueblo, los pequeños detalles como sentarse en la puerta, ir al mercado o acompañar a su hija en cada viaje.

Ella duerme en la primera planta, en una habitación pequeña pero bien ventilada en la que se amontonan viejos muebles, medallas, fotografías de familiares que la transportan a otros tiempos. Tiene aire acondicionado y una televisión, pero estas comodidades se esfuman ante la idea de salir de casa. Para hacerlo, hay que bajar una escalera muy empinada. Cada mañana,su nieto y su hija se levantan mucho tiempo antes. Juntos preparan un par de sillas en los primeros escalones, colocan la de ruedas al final de la escalera y se visten. Después se inicia la marcha: “Cargo en brazos a mi madre y la siento sobre la primera silla. Mi hijo la sujeta mientras yo tiro de ella con cuidado para arrastrarla hasta la segunda, que está en el escalón inferior. Esto se repite, escalón tras escalón, hasta el final de la escalera” dice ella mientras acaricia a uno de sus perros. La veo sonreír orgullosa, cada vez más grande, como una fortaleza que se levantara secreta y rotunda en la distancia.

Amianto

El autobús está medio vacío cuando pasa por Puerta Triana a mitad de tarde. Si hace buen tiempo -como casi siempre- hay algo mágico en este cruce de caminos que bien te puede llevar al centro -La Giralda señalando hacia algún punto desconocido- o al Aljarafe, por donde escapa el sol a zancadas. Si sabes mirar, todo es un espectáculo allá afuera: el asfalto caliente, la hierba entre las piedras al borde del semáforo, los montes y las luces, más allá, a lo lejos.

Pero el autobús está medio vacío e invita a remover las ascuas de la memoria, retornar al viernes pasado, por ejemplo, a la conversación con Judit: “Sevilla tiene algo especial y no lo digo solo por haber nacido en Sevilla. Para mí lo es todo, es la infancia, la alegría, la magia del sur guardada en un único lugar, algo propio que he tratado de enseñar a mi hijo. Que conozca su tierra, que la ame“. Y sus palabras se unen como un eslabón más al paisaje. El autobús continúa y avanza ya por Triana. Desde atrás me llega la respuesta: “Estoy cansado de Sevilla, siempre lo mismo, sol, calor, obras... ¡Podría estar ahora en la playa, tirado en la arena, tomando el sol…!” dice un chaval mientras pulsa el botón de salida.

Y entonces lo veo todo como si una ventana diera a la estéril escena, algo que rehuye del origen y me enseña a esperar, a apreciar los dones.