In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Otra herencia

Mi tío Miguel Ángel me ha regalado unos libros. Me llamó el pasado domingo mientras estaba viendo el fútbol con la noticia de que su suegro se estaba mudando de casa y no podía transportar la biblioteca que tenía. Así que me acercó en coche al piso para que le echara un vistazo y rescatara lo que pudiera de una certera muerte. Como si fuera una película, entré en aquel edificio que sólo recordaba fugazmente de la infancia. Los ladrillos dorados, como barnizados por el tiempo, seguían tal y como aparecían en mi memoria. Después, los escalones, tercera planta sin ascensor y un sudor de siglos, pegajoso, escurriéndose por la barandilla hasta llegar al portalón de entrada.

Cuando abrió la puerta, lo primero que percibí fue una sensación de terror. Lo cierto es que las casas vacías siempre me han producido esa sensación al margen de lo que haya ocurrido en ellas, en este caso concreto nada particularmente triste. Así que llegué como pude hasta el salón y contemplé los muros desnudos como el que entra en un castillo abandonado. Una débil luz iluminaba la estancia -una bombilla solitaria colgada del techo- mientras un par de rayitos atravesaban los agujeros de la persiana hasta morir en un punto difuso en la pared.

-Están aquí, pasa sin miedo y coge lo quieras. -interrumpió mi tío desde otra habitación.

Así que avancé por el pasillo y entré en lo que antes era la sala de estar. Los sillones que recordaba habían dado paso a unas pocas bolsas de basura vacías. Ni rastro del televisor ni de los cuadros que tanto me llamaron la atención en su día. Sin embargo, los libros estaban allí como moáis centinelas, perfectamente ordenados en la estantería. Obras de Cervantes, Shakespeare, Chesterton, Joyce, Pavese o Borges, dormidos en el sueño de los justos, en mitad de la derrota. Dolía remover definitivamente los rescoldos de lo que una vez fue hogar, pero era lo más lógico en aquellos momentos. Tomé una de aquellas bolsas negras del suelo y metí el ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo. Irónico, pensé, son irónicos los juegos de la fortuna.

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