In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Una bola de cera

Primavera de un año que no recuerdo. Los días eran largos, caían pétalos blancos de los naranjos y hacía un calor de rebeca, calcetín de punto y pantalón corto. Era Sevilla sin duda, Semana Santa. Teníamos alquiladas un par de sillas en la Campana y, entre cofradía y cofradía, los niños destensaban la espera jugando al fútbol con unas latas. Yo apenas levantaba un par de palmos del suelo y guardaba algunos huecos ocultos en la sonrisa. Hablaba más, miraba menos, dedicaba mi tiempo a responder con media lengua las burlonas preguntas cofrades de nuestros vecinos de zona, mientras veía a los niños correr tras las vallas. Algunas veces me unía a ellos y corría entonces con unas gafas que recuerdo enormes, unos zapatos pesados que yo transformaba en botas de taco. Así todo era más fácil. Los pantalones cortos eran calzonas y la camisa, la zamarra blanca de un Zamorano ídolo de masas.

En mitad del partido sonaba un silbido y de pronto los nazarenos de alguna hermandad se abrían paso por la plaza mientras se alzaba el silencio como un hongo de humo bajo el amparo de aquellos puntiagudos hombres con cirios. Entonces, como ahora, me apasionaba aquella luz, aquel nimbo ardiente reflejado en los antifaces. Aquella llama guardaba delicados misterios al rumor de la brisa. Tan pronto se agitaba con el sonido de lejanas cornetas como prendía lentamente, sin movimiento, mientras unas lágrimas de cera rodaban cirio abajo. El tiempo ha borrado los detalles pero aún me recuerdo absorto en aquel fuego sagrado, con los brazos anhelantes de aquel líquido que descendía de la llama. Cera, pedía. ¿Me das cera nazareno? Y aquel joven levantaba la vela como el que alza las olas y dejaba caer riadas calientes sobre una bola -el mundo- que giraba en mis manos.

Hoy la tarde despunta como aquella tarde y el frío, más descarnado, me encuentra enguantado en otras ropas. Ahora la vida, como el fútbol, tiene otros héroes y la infancia no es más que una bola de cera que aguarda otras manos en la estantería mientras anhelamos aquel fuego sagrado que perdimos.

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