In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

La biblioteca

Los ladrillos apenas habían cambiado. Una sombra de humedad recorría con trazo incierto la pared, pero el resto era tal y como lo recordaba. Un muro delgado de ladrillos rojos y brillantes, tres pequeñas ventanas que dejaban pasar la luz y las jambas de metal verde de la entrada. Exactamente igual que hace años, pensó. Y un niño de pantalones cortos se le subía a las ventanas del alma, con un bocata y alguna que otra mella. Sonrió y giró el picaporte para escuchar aquel tañido de goznes, antesala de la biblioteca, su más perfecta bienvenida. 

Como un mendrugo lleva a otro mendrugo, él sabía que tras aquel rugido de puertas lo esperaban los escritorios de los alumnos, repletos de libros en fechas de exámenes y pintarrajeados por cientos de manos durante años. Sabía que la luz de las ventanas iluminaría especialmente aquel póster con una Madonna de Sassoferrato que desde las alturas, junto al estante de los atlas, vigilaba con ojos bajos -Ora pro nobis- las cabezas de los niños. Por supuesto, no podía olvidar las papeleras que funcionaban como canasta en los días de lluvias y aquellos viejos anaqueles de madera, un poco carcomidos, que Rafael el Bibliotecario se empecinaba en barnizar una y otra vez.

Así que cuando abrió la puerta, la certeza del tiempo cayó sobre él como un alud. Los escritorios de madera, colocados dos a dos en paralelo a la puerta, seguían allí. La Madonna, en su eterna vigilia, lo miraba desde la columna, un poco más amarillenta que en sus recuerdos pero igual de bella, con la luz de la tarde sobre el papel. Hasta los anaqueles de Rafael permanecían, igual de atestados de libros y un poco polvorientos, pero en su mismo sitio. Carraspeó para bajar el nudo en la garganta. No podía creerlo. Caminó hasta los estantes y, arrastrando el dedo sobre los lomos de los volúmenes, se aseguró de que el orden alfabético estuviera correcto. Ciencias, geografía e historia, matemáticas. Uno de las cubiertas del estante de narrativa le llamó especialmente la atención. Lo tomó con cuidado y lo llevó hasta una de las mesas en un rito repetido, que ya conocía. La portada era un plástico negro y brillante, con las esquinas levantadas y las uniones pegadas con cinta adhesiva. No había título, ni autor, ni editorial y, sin embargo, ya sabía exactamente que edición era aquella. Abrió el libro y la página amarillenta de agradecimientos lo confirmó. El Señor de los Anillos, ponía en grande. Con un dedo rozó las letras escribiendo aquellas mismas letras que el libro repetía treinta años después. Aquel tomo había sido el inicio de todo. Había cabalgado con Gandalf y estuvo presente en la coronación de Aragorn. Desde aquellas páginas, había recorrido los bosques de Barbol con la misma alegría que Pippin y Merry, dos hobbits que se le presentaban extrañamente parecidos a aquel niño de su memoria, que abría aquellas páginas después del colegio, sobre la misma mesa, cuando la biblioteca era reino propio.

Cogió con cuidado el libro y lo devolvió a su anaquel. Aquellas páginas esperarían a otro niño para contar de nuevo la historia. Dio una última mirada a la sala y cerró la puerta verde de la biblioteca tras de sí. El tiempo había sido generoso con él. Encendió un cigarrillo y dio una calada honda, satisfecha.

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