In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

2020

La lluvia arrecia fuerte los cristales del coche, un Renault 5 de gasolina, destartalado y humeante que enfila la última avenida de la ciudad. Cae la tarde. Con las manos apretadas en el volante, Adela cuenta meticulosamente los semáforos que cruza, deteniéndose en los números. Tiene miedo y se afana en distraer la mente con juegos matemáticos.  Al llegar al octavo semáforo de la calle, gira a la derecha y aparca entre dos cubos de basura. Es un párking de mierda -piensa- pero desde lo pútrido volveré a lo más alto. 

Con un portazo, cierra el coche, toma la maleta y entra en un edificio de cuatro plantas. El vestíbulo es un salón pequeño y luminoso, con dos sillones de piel sintética de color negro y una pequeña barra americana de madera. Desde el fondo, un adolescente la observa con curiosidad.

-Bienvenida al Hostal da Vinci. ¿En qué puedo ayudarla señora?- pregunta el mozo, rubio y con la barba apuntándole brevemente en las mejillas.

-Hola, chico. Quiero una habitación, la más luminosa que tengáis, por favor.-saluda Adela, mientras deja sobre la barra el pasaporte y un pequeño espejo con el que se ayuda para pintarse los labios.

La conversación continua de manera intrascendente, mientras ella salta del carmín a los ojos del chico. Las bondades del hostal, la ciudad y los bares de copas aparecen y desaparecen en su mente. También el gesto inquieto del chico, que se pregunta si la señora que acaba de alquilar la habitación 2020 no querrá algo más que una cama. La señora le tiende la mano y se inclina sobre la barra dejando a la vista el escote. El adolescente estrecha débilmente la mano mientras sonríe con gesto forzado. Después le alarga una llave sucia con el número grabado sobre un papel. Adela toma la maleta y sube las escaleras hasta la segunda planta intentando convencerse de que no era buena idea flirtear con el chico. No es más que un niño- se dice mientras entra en la habitación- seguro que nunca ha besado los pechos de una mujer.

Una cama de matrimonio llena la sala. Dos mesitas de noche de color blanco, un espejo colgado y un ventanal que da a la avenida completan la sala. El baño tampoco es gran cosa: una ducha de plato, un váter y un espejito incrustado en un romi de plástico. No hay sitio para el bidé. No hay sitio para nada -piensa ella- pero tampoco necesito mucho más. Después abre la maleta sobre la cama y se cambia lentamente de espaldas al espejo. Elige una blusa blanca de lino y un vaquero azul ajustado. Después coge unos zapatos con tacón alto a juego con la blusa y se atusa el pelo groseramente. Al ataque, piensa, esta noche es mi noche.

Deja el hostal, no sin antes despedirse del chico de la entrada, y sale a la avenida sin destino fijo. Apenas es consciente de la lluvia que arrecia a su alrededor y que el paraguas difícilmente apacigua. En su mente se agitan escaparates y letreros luminosos, carteles de ofertas y una única idea: esta noche es mi noche, tampoco es tan complicado. Un poco más tarde, entra en un bar. Cinco mesas cuenta, doce clientes, tres en la barra y nueve sentados. Se acerca a la barra y toma la carta. Hay música y aunque no se siente atraída por los tres hombres sentados junto a la barra, confía en ligarse a alguno. Es el sitio perfecto, piensa, y es mi noche.

-Hola, soy nueva y no termino de aclararme con las copas. Póngame algún cóctel que lleve ginebra, ¿quiere?

El camarero sonríe extrañado y toma tres botellas para el cóctel. Ella mira a su alrededor y analiza de nuevo el mercado. Los tres de la barra discuten de baloncesto. Tres voces aguardientosas que bien podrían pertenecer a camioneros, administrativos borrachos o prejubilados. Ninguno destaca, piensa, pero tampoco estoy yo para elegir. Y recuerda los años sin dormir acompañada, las noches sola.

El camarero deja el cóctel a su lado e interrumpe la maraña de recuerdos. El alcohol lo cura todo, piensa. Los tres hombres la observan en silencio, sorprendidos por la audacia de la mujer. Cóctel, anochecer y tacones. Furcia o viuda, dicen sus ojos. Viuda contesta mentalmente ella, mientras abre su bolso y saca de nuevo el pequeño espejo para pintarse, como en un ritual. Los tres la siguen con la vista mientras repinta carmín sobre carmín, sombra de ojo sobre sombra de ojo. Después ella les guiña un ojo y los tres vuelven a la conversación de baloncesto como si nada.

-¿No han visto nunca cómo se pinta una mujer? No creo que tres hombres como vosotros no haya visto una mujer pintándose, no. -dice estupidamente ella, con una sonrisa bobalicona.

-¿Cómo dice, señora? -responde uno de ellos.

-Digo que tres hombres tan fuertes como vosotros no deberían extrañarse al ver cómo se pinta una mujer. Soy nueva aquí, no sabía que esta ciudad fuera tan bella. Me llamo Adela. -dice desesperada mientras, girada sobre el asiento, alarga la mano hacia los hombres. Pero es en vano, los tres hombres han vuelto a su discusión sin más. Adela sonríe estupidamente y busca apoyo en el camarero.

-Me llamo Adela, digo que soy nueva en la ciudad. Enviudé hace un tiempo, mi marido… -dice apresuradamente ella.

Pero el camarero, que parecía oírla, vuela hasta el final de la barra para atender a una chica. Una cerveza, pide la joven mientras el camarero le habla del tiempo, de la lluvia, intentando engatusarla. Adela lo observa todo como a través de una ventana. Está en la misma sala que todos ellos, pero apenas se diferencia de cualquiera de los muebles que llenan el bar. Bebe un sorbo y recuerda a su marido, aún era demasiado joven, piensa. Qué injusto, no era su hora, apenas tenía cincuenta años y un mundo aún por delante sin hijos, con un buen sueldo y muchos viajes por hacer. Sin reparar en ello, vacía la copa y pide otra al camarero.

-Cárgame otra, chico. Una viuda como yo necesita alcohol para ahogar las penas, ¿sabe? -aclara ella- Aunque el tiempo lo cura todo y ya estoy preparada para otro hombre… dice Adela inutilmente mientras el camarero recarga la copa y vuelve hasta el fondo de la barra, cerca de la chica.

Las horas pasan y Adela permanece, copa tras copa, sentada junto a la barra, en silencio. Inútil como un jarrón, ve como los tres hombres se marchan, igual que la joven, con el camarero comiéndosela con los ojos. Apenas repara en que el bar muta bebedores por familias, solteros por grupos de amigos, casados y viudos, corros de adolescentes que gritan a la vida desde altos vasos de vodka. Adela pinta y repinta sus labios. Es un gesto automático, vacío, dolorosamente lento, último rastro del ritual que hace años conquistó a los hombres. Pero ya nada queda de aquello salvo el gesto. Al final de la noche pierde la cuenta de copas. El camarero la mira con maldad y le señala la puerta. A las tres de la madrugada, Adela se busca en los charcos mientras la tormenta la cala completamente. El agua arrastra carmín y rimmel, una ola continua que le emborrona la cara y le marca las arrugas. Tambaleándose, desanda el camino, tanteando los escaparates, apoyándose en las paredes.

Gira la esquina y vuelve al hostal con la música desacompasada de sus tacones. A rastras casi, busca al adolescente de la portería del hostal. Chico, si tú quisieras, -dice con la voz rota- si tu quisieras te enseñaría esta noche a amar a una mujer. Pero el vestíbulo está vacío y solo el eco de su propia voz le responde. Adela toma una llave entre todas, la 2020, y se arrastra escaleras arriba hasta la segunda planta. Es mi noche -piensa- solo es que… si el niño quisiera… Es mi noche. Diez minutos después, entre risas y lágrimas, consigue abrir la habitación. A rastras, entra dentro y cierra la puerta con fuerza. El estruendo se pierde a lo largo del pasillo vacío.

También publicado en el blog ‘La Copa del Meado‘.

 

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