In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Merisi

Con la raqueta atada a la espalda -una pala de madera clara y cordaje de tripas importada desde el mismo París- y los mismos demonios de siempre, el jugador más pendenciero de Roma entró en la taberna de Marte. Cinco mesas mal dispuestas, herrumbrosas y carcomidas, y una barra que tapaba el mueble donde unas pocas botellas exhalaban un olor pútrido eran el mobiliario del Marte, el bar más peligroso de Campo Marzio. Situado sobre los terrenos de ensayo del antiguo ejército romano, a estas horas de la noche el local bullía con su terna de rufianes descarados, contrabandistas franceses, sacerdotes santones con sonrisa de plata y prostitutas que guardaban bajo el chal cien enfermedades distintas y un palmo de metal con el que zaherir a las fieras.

-El más grande de Roma, señores- anunció Ranuccio con sorna desde el centro de la barra- admiren al mejor jugador de Trincotto de toda la península que vuelve victorioso, con su pala francesa y sus mejores galas. Saluda, Hércules, saluda a tus súbditos, mal perro.

Y un coro de risas se levantó a su alrededor en cuatro lenguas diferentes, hijos de la cerveza rastrera e infecta del bar que veían cómo el jugador, tras perder contra él esa misma tarde, ignoraba el desmán de Ranuccio y se alejaba hasta una de las mesas de la esquina donde ya lo esperaba Filide Melandroni. Prostituta. Ojos negros. Lenguaraz y fulgente como las furias. Reina de la noche del Marte tremendista y animal.

-Miche, Miche. Es la cerveza, olvídalo. -dijo acercándole una escudilla de estofado humeante. -Tómalo, aún está caliente.

El jugador soltó la raqueta en uno de los taburetes y desató las borlas que unían las mangas de la camisa. La miró a los ojos con un fuego extraño y tomó el plato de sus manos. A la luz del candil, los brazos de Filide eran claros como nieve sucia. El sudor y el aroma inconfundible del amor formaban un nimbo invisible a su alrededor. Los hombros descubiertos. Las marcas en el pescuezo palpitante. Todos eran señales de su condición, furcia y furia, puta sin aspiraciones.

-Llevo esperándote toda la noche, mi guerrero. -insinuó Filide con oficio- Me tienes en ascuas, ardiendo en tu espera. Hasta me he acercado a Sant’ Luigi a verte en los lienzos. ¿Acaso no cabalgaremos esta noche, mi guerrero? -dijo alargando sus manos hasta las rodillas del jugador.

-Oh, cállate. -dijo con desdén el jugador mientras se dejaba hacer bajo la mesa.

-Sí, eso, cállate vieja zorra. -Gritó Ranuccio. Dio dos pasos y se acercó a la mesa del jugador arrastrando los comentarios y las risas de los tertulianos. -No entiendo cómo todavía esperas algo de este malnacido, jodido traidor que no paga sus deudas.

-Al final voy a tener que arrancarte la lengua larga de víbora que tienes, Ranuccio Tommasoni. -dijo el jugador.

-Será lo único largo que le arranques Miche. Si su polla le sujetara la boca, acaso podría alguno de los presentes tomarlo en serio. -respondió ella mientras gesticulaba con el índice flácido en la boca.

La taberna estalló en carcajadas mientras Ranuccio tiraba una de las sillas y sacaba tres palmos de espada avanzando hasta la mesa. El tabernero corría inútilmente hasta la esquina para intentar parar la riña mientras el jugador estaba ya en pie, la capa a un lado y una hoja brillante de metal apuntando en el cinto.

-Acércate que voy a hacerte un par de agujeros, perro. -dijo el jugador con los ojos fuera de las órbitas.

-No serás capaz, perdedor. -dijo el otro arrastrando las palabras- Ni siquiera los Colonna van a salvarte de esta espada. -después se volvió a los presentes que ya esperaban en silencio el vuelo de las espadas. -Éste hijo de puta me debe siete ducados de los dados. Terna con franceses y mitrados, pero no es capaz de pagar sus deudas. Se mueve por Roma como el mayor artista de la historia pero no deja de ser un pintor de segunda expulsado de Nápoles.

El jugador dio dos pasos en silencio y apuntó la espada contra el pecho de Ranuccio.

Te lo he avisado hoy durante la partida, de esta noche no pasa. Ni los Colonna ni esta vieja puta van a salvarte. Sal a la calle y que hablen las espadas, perro. -Continuó Ranuccio, sacando la espada completamente y señalando la puerta.
-No seré yo el que huya y menos de una rata engordada por los españoles como tú. -bramó el jugador desafiante, sosteniendo la mirada.

Los gritos del tabernero eran el único sonido que rompía el tenso silencio del bar. Poco a poco, Filide había ido acercándose al resto de tertulianos y ahora observaba con los otros cómo el jugador atravesaba el dintel de la puerta en silencio, con la espada fuera ya del cinturón, el gesto pálido y sin color. Detrás de él, Ranuccio, con las piernas arqueadas y guiñando un ojo a la puta. Tatareando salió a las polvorosas calles de Roma, como si el juego no fuera con él.

Un minuto y las espadas sacudieron el aire. Ranuccio braceó un par de veces y las chispas saltaron contra el pequeño ventanal de la taberna. Después, cayó rodado al suelo con el acero y la vida asomándole por la espalda. Un par de rufianes lo tomaron por los hombros metiéndolo de nuevo en la taberna. La cara descompuesta y lejana, los ojos vidriados, las manos temblorosas. Escupía sangre.

-El perro de Caravaggio, el perro de Caravaggio… -repetía Ranuccio como una oración, casi sin fuerzas- el perro de Caravaggio, el perro de Caravaggio…

Y los ojos se le voltearon en tinieblas para siempre, como en un viejo cuadro.

Más en ‘La Copa del Meado’.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: