In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Celestino

-¿Y no tiene miedo de que se abra la caja? -preguntó el niño sosteniendo un grito.

Sin responder, se colocó el abrigo sobre los hombros, un tres cuarto negro de lana raído por las mangas, y apuró la cerveza de un trago. Después se ajustó el sombrero y se llevó la mano a la copa lentamente, con una sonrisa burlona.

-¿Por qué debería temer a un cadáver? Al fin y al cabo, ya no puede hacer nada. -dijo el Enterrador, guiñándole un ojo al niño que lo miraba con miedo tras la barra.

El mundo se afanaba en inventar pesadillas. El enterrador, hijo de enterrador, lo sabía desde joven. La certeza de que la muerte era la menor de las preocupaciones de su oficio era una máxima que habia pasado de padre a hijo, junto a la pala de metal con mango de cedro de su bisabuelo, el rastrillo de tejo y unas botas de piel curtida que sólo usaba durante los entierros, algo que muchos señalaban con aire macabro y que él, Celestino, veía como parte indispensable del ritual.

Antes de salir, encendió un cigarro y se llevó la mano al sombrero despidiéndose de los parroquianos que a esa hora de la tarde llenaban el bar del pueblo y lo rehuían como si de un espectro se tratara. Para Celestino, todo era normal. Su familia no había logrado sobreponerse a la etiqueta a lo largo de todos estos años. Ignorados por los vecinos, su nombre era asociado a los días aciagos y a las malas rachas. Celestino Cenizo, el sepulturero, atravesaba la plaza de regreso al hogar dejando un rastro de barro y silencio tras de sí.

Aunque a veces le molestaba la mirada aterrorizada de sus paisanos, él mismo comprendía que ese era su papel y en parte estaba orgulloso de que así fuera. El mundo necesitaba del miedo para seguir adelante. El terror nos hace fuertes, pensó mientras los pocos niños de la calle paraban el partido a su paso. Lo importante era poder señalar al enemigo, tenerlo controlado para que la vida continuara para ellos, con sus labores y sus sueños, sus disputas y sus celebraciones. Lo halagaba el respeto aterrorizado de sus paisanos. Así había sido con su padre y así debía serlo ahora que él había tomado las riendas del negocio familiar cavando en la tierra, mirando a la cara a la muerte. Porque ese era su oficio, mirar a los ojos a la parca y abrirle un túnel de salida, una escapatoria que la alejara del pueblo, hundiéndola bajo el polvo de los campos.

Antes de entrar en casa, apagó el cigarro y guardó la colilla en uno de los bolsillos del abrigo para retomarlo después. No eran buenos tiempos para el oficio, pensó Celestino mientras cerraba la puerta y colgaba las llaves en el mueble de entrada. Desde que levantaron el hospital, las salidas habían sido cada vez más dispersas. Nada que ver con los tiempos de su padre, tras la guerra, cuando las campanas de la iglesia tañían a duelo todas las semanas. Aquel recuerdo le hizo sonreír. El tañido de las viejas campanas de bronce que hacían persignarse a las viejas y temblar a los hombres era recibido con un estallido de júbilo por sus hermanos, gritos que apenas lograba apagar su madre por respeto a los familiares del difunto. Aquellas campanas sonaban a gloria, a zapatos nuevos y a capón para el almuerzo del domingo. Ahora el hospital lo hacía mucho más difícil, pero no era lo único. A las batas blancas había que sumarle la incineración, una moda que estaba acabando con el negocio. Los restos se mandaban al crematorio; dos horas, tres en todo caso y la familia se llevaba en un tarro lo que antes era el cabeza de familia, un puñado de cenizas ardientes que eran lanzadas al río o colocadas en el aparador, junto a la radio y el álbum de fotos. Mucho más rápido, mucho más limpio.

Celestino plantó las botas en el salón y encendió la tele mientras daba pequeños bocados a un sandwich frío de queso. El presentador lamentaba hipocritamente los desastres del día: terremotos, asesinatos, accidentes de tráficos que alimentaban el pánico de los ciudadanos y los bolsillos de enterradores como él. Porque eso era la muerte. Un negocio más, dinero. Y las campanas de la iglesia tañían a lo lejos. El teléfono rugió dos veces antes de que Celestino lo levantara.

-Ha muerto Francisca, la del colmenero. ¿Te viene bien ahora? -preguntó una voz al otro lado.

-¿Ahora mismo?

-Lo antes posible. Los hijos han venido desde la ciudad en cuanto lo han sabido y quieren que todo se resuelva rápido, antes de que caiga la noche. Mañana es laboral y deben estar de vuelta hoy mismo.- explicó en voz baja.

-Bueno… perfecto. Ahora mismo salgo de casa. Nos vemos en el llano en diez minutos. -dijo Celestino levantándose del sillón.

Se puso las botas con cuidado y se colocó el abrigo sobre los hombros. Cogió la pala y antes de salir se encendió la colilla que había guardado unos minutos antes. Ahora tendré para un cartón entero, se dijo frente al espejo. Hasta eso había cambiado con los tiempos. Después cerró la puerta con llave y se alejó silbando calle abajo.

Más en “La copa del meado”.

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