In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

La importancia de los nombres

Un amigo hablaba el otro día acerca de la ‘terrible’ manía del sevillano de nombrar como “La-Plaza-Nueva” a la dichosa plaza del Ayuntamiento. Argumentaba, en su desvarío, que la Real Academia de la Lengua no aceptaba la utilización del artículo ante un nombre propio. Al margen de la ciencia fría del norte de Despeñaperros, cómo explico a mi amigo que el uso del artículo es tan nuestro que forma parte indispensable del propio nombre.

La Plaza Nueva es “La-Plaza-Nueva” porque sí, porque así está escrito en nuestros genes, esos que también nos llevan a pronunciar la Avenida, la Campana y la calle Betis. La Plaza Nueva, con todas sus letras, tan de camiserías O’Kean, tan de Hotel Inglaterra, la bandera verdiblanca y el NO&DO ondulante en el balcón. Que no nos engañe la moda. Ese ‘La’ es tan nuestro, tan significativo, que eliminarlo nos llevaría, a través de pastos y colinas, desde los dorados campos de esta tierra hasta la ciudad nazarí donde sí que luce esa plaza Nueva sin artículo, con otra gracia y otro color. Ni más ni menos. Ese artículo se transmuta en nombre propio, en sustancia misma de lo que nombramos. Y de repente estamos bajo San Fernando Rey, mientras la tarde cae entre las palmeras de la plaza y los niños patinan y es la infancia tan cercana que casi la podemos tocar.

El artículo es como un dedo que señala una imagen y esto lo entenderán rapidísimo las chicas. No es lo mismo comprar en el Stradivarius de la calle Tetuán a comprar en el Stradivarius de Tetuán. De pronto, en nuestra mente desaparece la bendita esquina de las castañas asadas y nos crecen los tenderetes, los zocos, la marroquinería. El nombre es importante y si no que se lo digan a Lopera, ahora que el coliseo bético vuelve a ser ese Benito Villamarín del galgo Finidi, de las carreras de Gordillo.

Porque al fin y al cabo, lo que no entendió mi amigo es que en Sevilla nombrar bien las cosas es una tradición apoyada sobre una ciencia exacta: dicen que un nombre no pertenece al pueblo hasta que lo canta. Y es ahora, con los ojos bien cerrados, cuando el sevillano siente esa brisa que entra por la Avenida y casi escucha a Pareja Obregón con aquello de “me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva…

También publicado en Sevilla Actualidad.

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