In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

«Que la gente lea lo que hago es lo que le da sentido»

Por Jesús Rodríguez.

Borja de Diego ( Sevilla, 1988 ) es un joven poeta afincado en su ciudad natal, donde mantiene una intensa actividad poética y cultural con otros jóvenes de su misma edad. Además de estar inmerso en la Plataforma de Artistas Chilango-Andaluces (y de participar activamente en la organización de las diferentes ediciones del Recital Chilango Andaluz), mantiene lazos poéticos y amistosos con otros grupos de la capital hispalense, como La Palabra Itinerante, La Maraña, el Baratillo Joven o Númenor. A pesar de que aún no ha publicado ningún libro -su primera plaquette, titulada “Diario anónimo”, está en vías de publicación-, algunos de sus poemas se recogen en las antologías de los distintos recitales Chilango- Andaluces, en la antología “Poetas en el camino” y en algunas revistas (Margen Cero, La guinda, Alenarte, Manual de Lecturas Rápidas para la Supervivencia o el nº 3 del fanzine Bar Sobia).

Jesús Rodríguez: ¿Por qué poeta?

Borja de Diego: Porque me gusta. Pero soy poeta como podría haber sido camionero, que también me gusta, o pescador en un pueblo costero. Pero no creo que sea poeta. Si lo soy, es por accidente, porque he leído y me ha gustado, y he escrito y me ha gustado. He descubierto que no escribir más sería horrible, porque me ayuda; pero también porque tenemos que hacer cosas. Pasamos un tiempo vivos y leemos, amamos, vigilamos cabras, fabricamos lámparas o escribimos.

Borja de Diego 2

J.R: ¿Qué es un poeta?

B.D: Para mí, un poeta es alguien que mira con otros ojos, que ve cosas interesantes que lo hieren, y lo dice. Alguien que ve el tiempo de otra forma, que lo ve todo como el niño de Marcz Doplacié, que ve las chimeneas de una fábrica y dice: “mira, papá, otra fábrica de nubes”. Alguien que está atento a todas las cosas, que se ilusiona por todo aunque esté ciego.

J.R: ¿Un poeta, entonces, tiene algo de vigía?

B.D: A mí me recuerda a la figura del viajero que llega a una plaza, se sienta, lo rodean y cuenta historias: qué ha visto, qué ha conocido, a quién ha amado… Ahí tienes un vigía: ha visto la vida y quisiera contarla. O mejor aún: cantarla. Aunque duela, sólo porque es hermoso y quiere hacérselo llegar a los demás.

J.R: ¿Escribes porque eres feliz, que diría Rocío Arana?

B.D: Claro, es lo que dice Rocío. También uno escribe porque está triste. Pero cree en la felicidad. De lo contrario, no escribiría ni haría nada. No volvería a hablar, o a vivir. Escribimos porque somos felices, aunque no sepamos qué es ser feliz, o aunque ser feliz sea imposible. Aunque la felicidad no exista.

J.R: ¿Cómo ve el panorama de poesía sevillano?

B.D: El panorama es interesante, aunque hay cosas que no me gustan ni comparto. Parece que el poeta actual es un tipo que muchas veces no ha abierto un libro. Es el plan: “hoy pisé a un perro, esto no es un poema“. Veo muchos grupos, y muchas veces no entiendo cuál es el criterio. No hay crítica ni autocrítica, sino alabanzas y egos que no salen de sus mismos círculos. Tampoco me gusta el distanciamiento que veo entre muchos grupos. Sin embargo, tanta gente distinta y tantas posibilidades  hacen aún más hermosa la actividad cultural de esta ciudad. El empeño de la gente es contagioso.

“No hay piques
entre los grupos;
hacen muchas cosas
juntos, porque todos
aman la poesía”

J.R: ¿Ese distanciamiento del que habla hace referencia a los piques entre algunos grupos?

B.D: No creo que lo de los piques tenga una base del todo real. Por una parte, tienes a los ya veteranos de La palabra itinerante, con un trato muy formal a la palabra y unas búsquedas interesantísimas. Tienes a la gente de Númenor, de verso perfecto y cuidado. Tienes el espectáculo y la constancia del Cangrejo Pistolero, a la gente del Baratillo Joven, a la Plataforma de Artistas Chilango-Andaluces, la Hora azul… son muchos grupos con muchas lecturas. Muchas veces coinciden y colaboran entre sí, y beben cerveza y se ríen como amigos. Lo que pasa es que unos apuestan por una cosa y otros por otra. Y hoy hay muchos, muchísimos poetas, y por tanto muchísimas escrituras diferentes.

J.R: Y una de esas cosas en común en esos grupos es la juventud. ¿Podemos hablar de Sevilla como la punta de lanza de la nueva generación de poetas españoles?

B.D: Hablar de una generación es muy difícil porque, como digo, son todos muy distintos. Además, fuera de Sevilla hay muchos más poetas, y muy importantes por su trabajo y actividad. Pero si nos centramos en Sevilla, es cierto que hay interesantísimos muchachos con menos de 30 años: Pablo Buentes, Mario Barranco, Elisa Yorch, Juan José Cerero, Diego Vaya, Isaac Páez… A los poetas nacidos en los 70 les sigue una generación interesante, de veras, y nacidos o vinculados directamente con Sevilla. Que esta lanza quiebre la memoria y el tiempo, sería profetizar.

J.R: ¿La organización de lecturas y recitales es una vía acertada para la difusión de los poetas sevillanos?

B.D: Es acertada, pero hay que saber cambiarla. La poesía ha perdido mucho tirón en el mundo de la televisión e Internet, y a las lecturas y recitales cada vez viene menos gente. Por suerte, muchos de estos poetas nuevos juegan con otras artes. Esto no implica que la otra forma tenga que desaparecer, pero el tiempo pasa. Hay que saber presentar las cosas sin caer en lo absurdo, comercial, rentable, publicitario… No hablo de marketing, sino de arte. Y siempre respetando la poesía y a los poetas.

Borja de Diego 3

J.R: ¿Y esta experimentación no tiene el peligro de caer en unas actividades que, digamos, se salgan de la poesía, como criticabas antes?

B.D: Por supuesto. Pero cuando uno apuesta por algo, tiene que aceptar el peligro latente. De hecho, muchas de las actividades que se salen de la poesía no suelen tener por culpable el acompañamiento, sino a la misma concepción de la poesía. El poema, independientemente de todo, tiene que ser poema. El performance nunca será la excusa; escribir sigue siendo algo puro, ajeno a muchas cosas.

Borja de Diego

J.R: Por tanto, ¿una parte del mal que padece la poesía hoy en día es esa gente que dice ser poeta y no lo es?

B.D: Claro. Creo que soy el menos indicado para decir quién no es poeta. Lo que pasa es que escribir es algo muy fácil, increíblemente fácil, y alguien puede escribir cualquier cosa, y adornarlo todo haciendo piruetas y con muchas luces, que cuando la gente vea las piruetas y las brillantísimas luces dirá: “ah, esto es la poesía”. Pero es muy difícil hacer poesía. Tal vez no aprendamos nunca, de hecho. También es fácil leer novelas de caballería, pero es muy difícil, y ningún caballero andante ha conseguido ser don Quijote.

J.R: ¿Cómo ves que la gente lea cada vez menos?

B.D: Resulta durísimo. Que la gente lea lo que hago es lo que le da sentido, porque la poesía es comunicación. Habitamos una sociedad en la que el mercado ha logrado imponer su voz y traer la cultura del best seller. Pero a pesar de todo eso, hay librerías casi clandestinas y recitales y gente que no ha aceptado esto, y resisten. También La Palabra Itinerante habla de “poesía en resistencia”. Que ocurran estas cosas da motivos para escribir y para vivir.

J.R: Pero la “poesía en resistencia” consiste en eso mismo, en resistir y no
venirse abajo.

B.D: Claro, claro. Es como uno de esos westerns, cuando toda la banda decide salvarle la vida a Billy el Niño, aunque saben que es imposible y van a fracasar. Pero van a hacerlo, no se rendirán nunca.

J.R: ¿Escribir es una especie de castigo, de maldición divina? ¿O más bien una cruz que el mártir acepta con humildad?

B.D: Escribo poemas como recogería uvas o salmones. Si fuera campesino o pescador, tendría esa misión, ese castigo o esa cruz. Supongo que es parte del lote. Estudiar periodismo me hace mezclarlo automáticamente. Hay cosas que no me gustan y me gustaría cambiarlas. Y el primer caso es decirlo, pronunciarlo. Creo que no es un asunto que tenga que ver con la poesía sino con la vida. Todo el que vive tiene esa responsabilidad. No es aceptarlo gustoso: es que hay que hacerlo. Por eso, la resistencia se hace con ilusión y ganas, aunque sea dura.

J.R: Entonces, cuando el poeta habla y dice lo que siente, ¿cumple un sino, una especie de servicio a la propia poesía?

B.D: Se podría decir que sí. Cuando ocurre de verdad, cuando el poeta es sincero y habla, sin máscaras, tal vez con acompañamiento y algo de carnaval pero sin máscaras, entonces habla la poesía, y el hombre la sirve.

J.R: Algo como lo que afirma José Mateos: que la poesía no sirve para nada, más bien manda.

B.D: Sí. Una vez le di la mano a Agustín García Calvo, y me dijo: “me alegro de que esto que no sirve para nada te haya servido para algo”. Es difícil saber quién domina, muy difícil. La poesía suele llevar la voz cantante, mientras que el poeta es el instrumento. Así lo veían los griegos: las musas hablaban con su boca y su voz. Pero tampoco hay que tomárselo como un don o un regalo divino. Si recogiera uvas, también hablarían: serían un instrumento para el vino.

J.R: ¿Y qué es, entonces, la poesía?

B.D: Ah, esa es la gran pregunta. De hecho, desde que el hombre es cavernícola intenta descubrirlo. Con 20 años, no voy a decirte qué es la poesía, porque no lo sé y estoy aprendiéndolo. Sí te puedo decir que yo, como muchísima gente, la sé reconocer. “Es que esto es poesía”, se suele decir, pero nadie sabe por qué. Que lo destripe la ciencia. Hasta entonces, seguiremos escribiendo.

*Esta entrevista es una colaboración del periodista Jesús Rodríguez, miembro de Sin Futuro y Sin Un Duro.

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