In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

La radio

Después de la primera sacudida de un terremoto, siempre se sucede una tranquilidad absoluta que precede a la gran serie de temblores finales que destruye todo cuanto hay en pie. De la misma manera, tras el primer terremoto de Publicidad e Inglés, hoy sábado, en espera de los exámenes de Junio, marcho a Alcalá a empezar en la Radio.

Siempre me gustó la Radio. De pequeño la recuerdo encendida, en mi cuarto, con los eslóganes publicitarios de los 40 sacudiéndome la cabeza; o cada mañana, mientras mi padre se duchaba, oyendo las voces (y las risas) de la Jungla desde la cama. Con Canal Sur me pasaba (y me pasa) algo extraño. Durante todos los días del año, olvidaba el dial y su programación y me centraba en otras emisoras, Canal Sur estaba fuera de onde en mi caso, pero era llegar cuaresma y el programa de El Llamador y volvía el enamoramiento, cogía los cascos el Domingo de Ramos y no me los quitaba hasta el Domingo de Resurrección. Aún así nunca fui un oyente pertinaz y voluntarioso, sino que me colgaba de alguien para oír la Radio, de mi madre, muchas tardes, para escuchar aquel programa que tenía Carlos Herrera no recuerdo en qué emisora y que tenía un espacio buenísimo dedicado a las anécdotas, o las tardes con mi hermano, cuando vivíamos en casa del Abuelo en Claudio Guerin, y escuchábamos La Ventana con Gemma Nierga (se escribe así creo) mientras jugábamos al PC juntos.

Pero como he dicho, no he sido un oyente voraz. Nunca fui con la radio por la calle como aquellos abuelos que aparecían en los anuncios antiguos de la España profunda, sentados en la plaza del pueblo y el transistor encendido. Nunca escuché un programa entero de Iñaki Gabilondo ni pude disfrutar de los inicios de Federico, como tampoco llegué a conocer a Encarna Sánchez fuera de las basuras que lanzan ahora los programas del corazón. Yo no supe de Antonio Herrero en la radio y mucho menos su trágica muerte, como tampoco fui devoto de los programas deportivos de horario nocturno. Sin embargo, hay un momento que nunca olvidaré.

Aún estaban calientes las balas que los asesinos introdujeron en el cuerpo de Miguel Ángel Blanco, era la noche y él luchaba por sobrevivir a duras penas en urgencias. Fuera del hospital, el país hervía expectante y los medios repasaban las horas trágicas del secuestro. En la radio, un Jose María García influyente y espléndido, ponía en marcha un engranaje de colaboraciones estelares para aportar información sobre los gustos de Blanco. Pep Guardiola, la cabeza del Barça de aquellos años y el ídolo futbolístico de Miguel Angel, entró en antena, charló con García y prometió firmar una camiseta e ir a conocer en persona a Blanco cuando se recuperara. Después García refrendó la idea y se propuso para ayudar en lo que fuese necesario y todos aplaudieron aquella charla, sin embargo, yo ya sabía que Miguel Angel no iba a salir de urgencias, que aquellas palabras, tal y como salían en abierto, al aire, serían arrastradas por el viento ardiente del verano a ninguna parte.

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4 Respuestas a “La radio

  1. Marta 26 mayo 2007 en 11:28 am

    Buentes, dejando a un lado el gusto por la maravillosa radio y sus misteriosas ondas, ¡¡qué pedazo de texto!! Enterito, de principio a fin pero el último párrafo es… sobrecogedor. Recuerdo con claridad meridiana -demasiada quizá- aquellos días de terror y angustia, de impotencia incontenida..Por lo bien que lo reflejas y por la viveza que esos momentos conservan en mi memoria, me ha entrado repentinamente un frío tremendo. Y ganas de llorar.
    Un 10, crak.

  2. Carlos RM 26 mayo 2007 en 5:26 pm

    Ay Pablo, me haces sentir mayor: yo sí que me acuerdo de escuchar a Encarna Sánchez y también a “Federico”, aunque ahora me saque de quicio. Y a Luis del Olmo, y por supuesto a Carlos Herrera, el único de ellos que me sigue gustando. Ánimo en la radio y en los exámenes.

  3. Isildil 29 mayo 2007 en 8:41 am

    Yo no soy amiga de la radio (sólo escuchaba los 40 los sábados de adolescencia y la retransmisión del fútbol en el coche algunos domingos… nada más).

    Sin embargo, aquel día… Sí, aquel día… Una soleada tarde veraniega, en el río. Los pequeños y Mamá en el agua. Papá y yo en la furgoneta. Escuchando una voz lejana que presagiaba lo peor.

    Creo que fue la primera vez que sentí verdadera angustia.

    Y, sin embargo, la reacción del pueblo tras la tragedia hizo que por primera vez me supiera aceptada, comprendida, apoyada, por el resto del país. «Vascos, sí. ETA no»…

    Angustia inolvidable. Apoyo inolvidable.

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