In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

El Monje ante el Rey

Un monje fue a la corte de un rey francés. Se presentó como el abanderado de la razón, capaz de dar solución a las grandes interrogantes que los filósofos de la antigüedad no habían sabido demostrar y que él, tras años de análisis teosóficos y como consecuencia de oscuros viajes, había logrado descifrar. Así pues, frente ante al gran trono del rey y toda su corte, el pequeño monje comenzó a disertar sobre la existencia de Dios y su probada demostración. Seguía los juicios de la antigüedad, citando las palabras de los griegos Aristóteles y Platón, caminando sobre el borde de la navaja, negando las posibilidades de la naturaleza, aclarando sin temor los conceptos y ofreciendo demostraciones palpables, razonables y empíricas de la existencia de Dios: ¡Su existencia es innegable! Si cogemos una piedra y preguntásemos su origen, no cabría que esperar otra respuesta que el vacío inmaterial del que provienen las estrellas, pero, no cabe otra posibilidad que preguntar también quién forjó ese vacío, puesto que la nada no proviene de nada, sino que ha de prevenir de una mano creadora que decida esa nada y active el movimiento de las cosas. Y esa mano, es la mano poderosa de Dios, la misma que los judíos clavaron en la cruz para gracia y redención de la humanidad. Con pasión se recogían sus palabras, los nobles se miraban sorprendidos unos a otros, avivados por el fuego de las palabras de aquel monje pequeño y terrible, vestido toscamente y trayendo a la memoria los viejos tiempos del principio del Cristianismo, de creyentes escondidos en las cloacas, aquellos años de verdadera Fe y justos miembros, San Ireneo, Policarpo, Clemento de Roma. Allí, enhiesto, enervándose ante el rey que observaba la escena absolutamente entregado, el monje levantaba su majestad a golpe de razonamientos y sentenciando la naturaleza de l Padre: ¡Así, señor, no queda otra posibilidad que afirmar la verdadera existencia de Dios Nuestro Señor!

Emocionado y figurándose el oro que recibiría por tamaña demostración de manos del rey, adalid de los creyentes, el monje recibió con una sonrisa el aplauso generoso de su majestad y, a continuación, de toda la audiencia. Después, a una señal, el Rey levantó la voz y se puso en pie, caminando en dirección al monje. Se colocó a su altura y lo rodeó con mirada inquisitiva y envidiosa, como buscando un punto por el que colara su vista y alcanzara el centro justo de todas esas ideas escandalosamente reales y razonables. Al instante, exigió una bolsa con monedas de oro que dio cumplidamente al monje y volvió al escabel, dejándose caer en el real asiento.

El monje sopesó la bolsa y agradeció al rey su indulgencia. Mientras hablaba, contó mentalmente las monedas que habrían dentro de la bolsa de piel, imaginando cálices de plata, pequeños iluminados bellamente exornados, los ágiles colores de las vidrieras que podría sufragar con ese oro. Cuando acabó, el rey aplaudió una sola vez y dio paso al siguiente. La sala comenzó a elevar el tono de voz, expectante ante la próxima entrada, un curandero alemán que decía ser capaz de curar toda enfermedad. El monje empezó a ser sacado por los pajes de la corte cuando se dirigió de nuevo al rey: Señor, ya he presentado las evidencias de la existencia de Nuestro Señor y agradezco sus ricos bienes. Ahora permítame que le muestre otras ideas, demostraré cómo es imposible la existencia de Dios. Y comenzó a rebatir sus propias ideas anteriores, apoyándose en los mismos filósofos anteriores, argumentando de forma clara y jubilosa, sin dejar cabo suelto . El rey, angustiado y temeroso, se levantó del escabel y se dirigió hacia el monje que permanecía inflexible con su discurso. Sacó de la vaina su propia espada y las gemas de la empuñadura brillaron en la sala; después, con la fuerza de mil caballeros, hundió el metal en la carne del monje y cayó muerto al instante, rodando como un saco, dejando tras de sí un río de sangre desplegándose por el mármol de la estancia.

PD: En cuanto pueda, explicaré a qué me refiero con este texto.

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13 Respuestas a “El Monje ante el Rey

  1. Vázquez 22 mayo 2007 en 9:45 am

    Buentes, ¿realmente quieres explicarlo?
    Yo hago mi lectura, que probablemente no coincida con la tuya: esa Ignorancia no tiene palabras que la expliquen, y qué decir de la Fe. Ambas son estados del espíritu, del alma de los hombres.

    La narración es muy buena, al menos para mí. ¡Bravo!

  2. Vázquez 22 mayo 2007 en 9:51 am

    del espíritu y del alma*

  3. Vázquez 23 mayo 2007 en 10:06 am

    Buentes, no contestaste (imagino que estás a tope de trabajo y trabajos…)
    Fíjate, ahora te pediría que , por favor, dedicaras unas líneas a tu explicación.

  4. Isildil 24 mayo 2007 en 9:26 am

    Vázquez, qué, ¿te pica la curiosidad? Yo también hago mi interpretación, cada uno hace la suya, pero está bien conocer la de los demás, siempre aporta. Esperemos la de Buentes.

    La mía… En sentido literal el texto parece mostrar que la fe debe estar apoyada en la razón y que por eso está fuera de lugar la reacción del rey. La razón tiende a la verdad y la puede encontrar en gran medida. Pero hay cosas que se le escapan. Y ahí viene la fe en su ayuda, para -apoyada en argumentos racionales- suplir e incluso perfeccionar, elevar, la limitada inteligencia del ser humano. Por eso, aunque se defiendan desde la fe una serie de cuestiones, no debemos temer ni quitar de en medio aquellos argumentos racionales que parecen ir en contra. Si la verdad existe y podemos llegar a ella, aunque la defendamos desde una fe puesta por encima de todo, no tiene sentido dejar de pensar, argumentar, rebatir… lidiar con razones que la desmienten.

    Lo primero, la fe, de acuerdo con el rey. Pero si creemos en algo es porque estamos seguros de que eso en que ponemos nuestra confianza es verdadero. Por lo tanto, ¿a qué vendrían el miedo y la ira ante aquello que la ataca? Pensemos, tratemos de apoyar nuestra fe en razones razonadas que impidan hacerla vacilar. Al fin y al cabo, la verdad de la fe y la de la razón debería ser la misma y complementaria, ¿no? Si no, nada tendría sentido.

    Otras interpretaciones… pues, me hace pensar en el sentido de la actual idolatrada tolerancia. Muchos que se dicen tolerantes (a cualquier nivel) lo son sólo con quiénes piensan como ellos. Y al resto se los quitan de en medio.

    Y luego se habla de educar para la paz, etc, etc. ¡Estamos locos!

  5. Buentes 24 mayo 2007 en 3:56 pm

    Isildil da con la clave en la segunda de sus opciones: tolerancia. Pero no tengo tiempo de ponerme a ampliarla porque tengo que irme a trabajar y esta noche me espera un “interesantísimo” reportaje de todos los grupos políticos para el periódico. Ala, un fuerte aplauso para Isildil.

  6. Jesu 24 mayo 2007 en 5:03 pm

    También hablaría yo de la capacidad para callar cuando no nos conviene hablar, y hacer esto último únicamente en el momento justo. No podemos decir siempre todo lo que pensamos, ni podemos decir lo primero que se nos pasa por la cabeza, o lo que realmente queremos decir, porque las consecuencias pueden ser nefastas.

    Hemos aquí el ejemplo del monje que, por decir lo que pensaba en un sitio escasamente recomendado para hacerlo, perdió la vida. También disponemos de otros ejemplos, como el de Hermann Tertsch (y otros tantos a ambas orillas del río, como diría José María García), que por decir lo que pensaba fue puesto de patitas en la calle.

    Muchas veces no podemos decir a esa persona lo que de verdad pensamos de ella, porque podemos herir sus sentimientos, o bien porque en el calor de una discusión se dicen tonterías que en verdad no son ciertas, y que pueden dar al traste con una bonita relación.

    Pero también porque la venganza se sirve en frío. Y si tú en un momento poco provechoso, o incluso perjuducial para ti, pones de vuelta y media a una persona, luego te arrepentirás. Pero por el contrario, si aguardas a tener la oportunidad perfecta, llegará el momento en que puedas ponerlo de vuelta y media, pero esta vez delante de la gente que debe enterarse de todo lo que tienes que decir, y así dejar a tu contrincante (enemigo me suena demasiado cruel…) a la altura de una colilla pisoteada a la vista de todos.

    En fin, como dijo aquél: mide tus palabras, pues de ellas serás esclavo.

    Saludos!!

  7. Isildil 24 mayo 2007 en 8:16 pm

    Jesu, me gusta tu punto de vista, pero… si Hermann Tertsch y el monje del relato deciden hablar aun exponiéndose a esas consecuencias por defender lo que ellos consideran verdad… ¡tres hurras por ellos! Bien valientes. A veces confundimos con facilidad prudencia y cobardía.

    Por lo demás, estoy contigo, aunque hay que reconocer que eso que propones exige verdadero autodominio, ¡uf!

  8. Buentes 24 mayo 2007 en 9:11 pm

    Bien, Jesu y yo comentamos este pequeño “relato” el otro día. Exactamente aprovecho la anécdota para mostrar lo que pasó por ejemplo con Hermann Tertsch o Savater. Valientes que dijeron lo que ellos creían, dando razones y justificaciones claras sobre un tema y salieron después trastabillados. Ambos han colaborado a menudo con EL PAÍS de manera brillante y ambos han sido censurados y expulsados de sus páginas.

    El público suele tachar a los periodistas de gente que se vende facilmente a los intereses de los que mandan, lo cual es cierto en gran parte. Muchos ocultan sus ideas tras las noticias que la empresa manda hacer y no sacan nunca los pies del plato. Esto es así, pero hay excepciones claras como la de Hermann Tertsch o Fernando Savater, ambos colaboradores habituales de El País que fueron censurados y/o expulsados del diario por emitir juicios contrarios a los del periódico. Entonces, en el relato, el monje pierde la vida cuando emite un discurso contrario al imperante en Palacio, con esto me quiero cuestionar y haceros pensar si mereció la pena que Savater o Tertsch mostraran sus pensamientos aunque ello supusiese el fin de la etapa en el diario nacional.

  9. Jesu 24 mayo 2007 en 9:56 pm

    Por supuesto. No pretendía en absoluto defender la cobardía, sólo quería decir que, por desgracia, en el mundo en que vivimos sí que se puede decir lo que se piensa, aunque siempre con unas desastrosas consecuencias, que la mayoría de las veces suponen un precio excesivamente alto.

    Se puede, pero -respondiendo a tu pregunta, Buentes-… ¿se debe? Mi respuesta es sí. Sí, rotunda e inflexiblemente. Precisamente hoy he empezado a ver (sólo el principio, lo mejor me lo guardo para mañana por la noche…) V de Vendetta (gran peliculón que aún no he visto… y sí, podéis lapidarme… :cry: ), y he vuelto a tomar conciencia de lo que el silencio de una sociedad supone: el aborregamiento (bla, bla, bla…), el abuso de poder por parte de los gobernantes, la muerte del pensamiento, del sentido crítico, de la cultura, del ser humano.

    Hay que alzar la voz, cuanto más alto mejor. Hay que romper el silencio que algunos intentan imponernos, gritando a los 7 vientos nuestras ideas y nuestros sentimientos. Viva la diversidad, viva el pensamiento libre, viva la sociedad sin ataduras. Porque la libertad es un derecho, no un privilegio.

  10. Jesu 24 mayo 2007 en 9:57 pm

    Vaya tontería de último párrafo que me ha quedado…

  11. Buentes 24 mayo 2007 en 10:11 pm

    Nuestro gran Gil comentó en clase un día que no era correcto sacar a relucir ideas frontalmente contrarias a la ideología del medio en el que trabajabas, puesto que al aceptar un trabajo, tú aceptabas también la visión que ese medio tenía y se suponía que debería de ir de acuerdo a lo que uno piensa. Esto es cierto en parte, según mi parecer, creo que uno debe ser razonable y no pretender cambiar la ideología de un medio porque uno no piense como él, es imposible. Además, si uno no está de acuerdo con lo que el medio defiende, lo mejor sería que lo abandonase y buscase su puesto en otro lugar que fuese más con su estilo. Esto es así, pero también hay que ver que un profesional que no defiende sus postulados y que no mantiene una visión crítica respecto a lo que recibe, se convierte en una marioneta del poder, dirigido a infectar a la población con una única ideología, tal y como ocurre en el principio de V. Los medios se dirigen en una sola dirección y acaba la Democracia por convertirse en Dictadura.

    En El País han errado con la decisión de censurar a Savater, tal y como Arcadi Espada denunció en su blog.

  12. Vázquez 25 mayo 2007 en 12:59 am

    IGNORANCIA intolerancia injusticia insensatez imprudencia incompetencia etc etc etc

  13. Isildil 25 mayo 2007 en 9:38 am

    Jesu, ¿tontería de párrafo? ¡A mí me gusta! En “ardiendo a un clavo”, Buentes me animó a montar un blogg. Llevo tiempo dándole vueltas… pero no creo que saque tiempo suficiente (al menos a partir de septiembre). Lo digo porque el título que había pensado ponerle era precisamente ese, “alzando la voz”. Y el motivo, precisamente ese: pensar, hacer pensar, disfrutar y ¡aprender! de la diversidad, compartir mis ideas y pensamientos… :)

    Bueno, menos mal que hay gente como Savater y cía que aún defiende sus principios contra la ideología imperante, porque nos estamos dirigiendo hacia la Dictadura en este país a la velocidad del rayo… Dictadura -de momento- disfrazada de democracia.

    Creo que Buentes tiene razón en esos dos aspectos que señala. Es un asunto difícil eso de conjugar coherencia, valentía y prudencia. Cada cual tendrá que ver sus circunstancias, hasta dónde está dispuesto a llegar por defender sus ideales, su posibilidad de influir en otras personas, etc, etc.

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