In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Conservatorio

Durante algunos años estudié en un Conservatorio de Música. No recuerdo bien las fechas, quizás me encontrase terminando la Primaria (EGB) o comenzando la ESO, y tampoco recuerdo mucho de lo que ocurrió durante aquellos 3 años y medio. Solía ir por las tardes, sobre las seis, cuando terminaba el colegio o aquellos días que no tenía turno de tarde. Durante el primer y segundo año, conseguí aprobarlo todo sin necesidad de estudiar, pero ya en tercero, perdía el tiempo jugando al baloncesto mientras mis compañeros se esforzaban en los dictados y con rebuscados conceptos que a mí me sonaban a chino. Prefería quedarme en mi barrio jugando con los amigos, los primeros de los que aún conservo a unos pocos; pero del conservatorio a ninguno. Cuando llegó el final de Tercero suspendí, y, pese a las alabanzas de mi profesora, empecinada en creer que tenía buen oído y buena voz, decidí que no iba a perder más el tiempo y abandoné el Conservatorio para siempre. Muchos dijeron que acabaría arrepintiéndome. Yo siempre lo negué y hasta hoy sigo en mis treces, satisfecho con mi decisión. No conservé a ningún amigo de los que hice dentro de las clases musicales y olvidé por completo sus nombres y sus rostros.

Hace unos días, volvía a casa en el 2 (autobús) después de dar clases a los niños. Iba sentado detrás, meditando unos versos que había sacado horas antes, mientras un muchacho que iba sentado al otro lado no dejaba de observarme. Durante todo el trayecto no conseguí avanzar el poema, mi cabeza estaba en el otro lado y hacia allí dirigía fugaces miradas para comprobar si seguía mirándome. Así era. Llegó el autobús a la Plaza Chapí y me incorporé para bajarme. El chico se levantó y se colocó a mi lado, fijando de nuevo su mirada sobre mí.

Ante mi negativa a devolverle la mirada, el chaval me preguntó: ¿Pablo? ¿Eres tú? Yo lo miré extrañado y no acerté más que a afirmar con la cabeza. ¿Me recuerdas? Soy David, del Conservatorio. Estuve contigo en tercero… Su cara no me resultaba familiar, era moreno y alto, tenía cara de pan y vestía de oscuro. No, no conseguía recordarlo y así se lo dije. El chico, un poco desilusionado, trató de recordarme momentos míticos según él. Jugábamos al baloncesto en la pista del Matadero todos los jueves… y en Coral, siempre nos reíamos de aquellas niñas tontas de la segunda fila. Yo sonreía como un estúpido, sin recordar nada de aquello. Pobre chico, dije para mí, ahora pensará que soy un imbécil… El chico se esforzaba en sacar otros momentos por el estilo, las clases de batería, la caja sorda gris que yo tenía, los partidillos de fútbol con una bola de gomaespuma que yo tenía… Sorprendentemente todo coincidía, pero a él no conseguía encuadrarlo. Luego el autobús se detuvo en mi parada.

Sin recordarle, me despedí de él como pude, la sonrisa blanca de inepto y la mano temblorosa. Ya nos veremos en la clase de japonés, te he visto por allí alguna vez, dijo él. Allí nos veremos… Y bajé del autobús como una sombra, perdiéndome entre los demás.

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9 Respuestas a “Conservatorio

  1. Torchondo 17 mayo 2007 en 8:11 pm

    Que mal lo paso en esas situaciones, sobretodo cuando la persona que te saluda tiene esa cara de semi-sorpresa-alegría al verte.

  2. Vázquez 17 mayo 2007 en 11:08 pm

    Buentes, después de leer tu entrada qué fría sensación de vacío se me ha quedáo…

  3. Jesús Beades 18 mayo 2007 en 12:10 am

    una sombra musical, al fin y al cabo…

  4. Buentes 18 mayo 2007 en 1:21 am

    Vázquez, entonces he conseguido lo que buscaba. Sientes lo mismo que sentí yo al bajarme del bus. Son 3 cursos completos en los que no recuerdo ni caras ni nombres… y me di cuenta aquel día.

    PD: Por información adicional, estudié primer año de violín, que lo aprobé, y dos años de percusión, también aprobados.

  5. Marta 18 mayo 2007 en 6:55 am

    Es bárbara la entrada, Buentes. Reflejas fenomenal esa sensación desagradable e inquietante que dejan los agujeros de la memoria; cuando nos ocurre algo así, solemos tratar de diluir el sabor amargo tal y como dices: perdiéndonos como sombras entre la marea de los demás -aunque eso no suele hacernos sentir mejor ¿no-.

  6. Buentes 18 mayo 2007 en 8:13 am

    No, la verdad es que no… Aún sigo descolocado…

  7. Vázquez 19 mayo 2007 en 3:28 am

    Parafraseando la cita que Bukowski hace de Chesterton en su post “El Pobrecillo”, me atrevería a decir que el encuentro (tu encuentro) fue inesperado pero nunca inoportuno. De esa atmósfera surgió tu entrada, y a todos nos ha hecho “temblar” de una u otra manera, no?

    “Una sombra musical, al fin y al cabo…” Sí, puede que sí. Es como si sonaran timbales lejanos con notas ancentrales de origen remoto…

  8. Vázquez 20 mayo 2007 en 10:48 pm

    Pd.- Por curiosidad, ¿recuerdas, al menos, el nombre de tu profesor de percusión?

  9. Buentes 21 mayo 2007 en 12:11 am

    No estoy seguro, creo que se llamaba Juan Luis. Algo de Luis llevaba creo, y era de un pueblo del Aljarafe… o cercano a la provincia de Huelva por esa zona. Tocaba en la municipal creo y era alérgico, lo de alérgico lo recuerdo perfectamente.

    Qué mala memoria…

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