In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

Silentium

Dice la RAE tan extremadamente preciso que la palabra “silencio” tiene como primera acepción “ 1. m. Abstención de hablar”, y es cierto, no lo vamos a negar a una cámara repleta de venerables ancianos como es la Sala de la Academia, sin embargo, la vida, lo real como diría Juan Carlos Gil, nos trae más de un tipo de silencio.

Está el silencio del Estado que es ese que ocurre cuando pides una beca de estudios como la que yo he pedido y pasan los meses… los meses… lo meses… y no sabes si está denegada o no; y su contrario, el silencio ante el Estado como el de Agustín Díaz de Mera, al que ahora le da un ataque de ética personal y se niega a revelar las fuentes de aquel documento que emparentaba a los asesinos de ETA con los asesinos musulmanes extremistas, y que por lo tanto sólo nos lleva a pensar en el error en que ha podido incurrir en sus declaraciones pasadas para la COPE donde aseguraba que había un informe que atestiguaba dicha relación.

Hay silencios fraudulentos como el de Díaz de Mera y silencios hipócritas como los de Otegi y compañía a la hora de hablar de asesinatos, con que rapidez se prestan a defender su “independencia” y con que vivacidad se arriman a las leyes cartujanas (silencio perpetuo) a la hora de condenar un asesinato. También hay silencios que dialogan, como el del Loco de la Colina.

En Sevilla sabemos mucho más de silencio. Está el Silencio primitivo, la Hermandad por excelencia, Madre y Maestra de todas las demás, que carga con 600 años de historia y riguroso silencio cada noche de Viernes Santo; o el silencio cansado con que los abuelos se sientan en los bancos del Parque de María Luisa a ver caer los días como hojas en Otoño, como sombras en la tarde.

Está el silencio musical de los autobuses, silencio de mp3 y maleta de estudiante; el silencio tembloroso de las primeras citas; el silencio imperturbable de los cementerios, de lágrima temprana y nube pasajera, o el silencio de los hospitales, la búsqueda y la espera.

Pero hay silencios incontables, inconfesables, como el silencio de mi madre cuando abandono el coche cada mañana o la mirada eterna, perforadora, firme de la chica rubia que estaba en la Biblioteca el martes pasado, hipertexto real hacia la idea de perfección (sí, Lopy, era Dios mismo transmutado en mujer, que había bajado por unas horas a Sevilla para visitar la FCOM y hacerme feliz) Mil tipos de silencios. Ya ven cuántos silencios moran en este hogar del silencio que es el Blogg.

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3 Respuestas a “Silentium

  1. Vázquez 29 marzo 2007 en 11:02 pm

    … y el silencio inefable de estar junto a ese otro en silencio (“… silencio, de soledad no digo nada”).

  2. Jesus Beades 29 marzo 2007 en 11:59 pm

    Esta entrada esta mu bien, Buentes nuestro. Guárdala para futuros libros de proesías.

    Y yo, soy tan exquisito adorador del silencio, que lo reservo para muy escogidas ocasiones, como sabéis.

  3. Buentes 30 marzo 2007 en 1:29 am

    Gracias Jesús por tu felicitación y por tu visita. El silencio es algo a lo que la gente no sabe darle valor. Hay veces que satisface mucho más que algunas conversaciones… eso cuando no está el típico que cuenta su vida o cualquier tontería para romper esos hermosos silencios que a diario se dan en cualquier conversación que se mantenga.

    Se me olvidó colocar los silencios incómodos de los ascensores… quién no los ha padecido (disfrutado)… o el silencio “a dos voces” que canta Vázquez en su comentario.

    PD: Son las 2 y estoy un poco expectante ante la que será mi primera convocatoria de medios, mañana a las 11:30 en La Encarnación. A ver cómo se me da y qué saco de allí.

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