In Ictu Oculi

Recetario para los nuevos tiempos

La vida en un día

Anoche, mientras estaba tumbado en la cama esperando a que me llegase el sueño recordé un poema de d’Ors que hablaba de la muerte y cómo se reflejaba en la figura de una tía suya de la que quedó impresionado en la infancia. Él reflexionaba que la muerte era eso, una anciana enjuta rebujada entre las sábanas de una cama antiquísima.

No sé por qué, pero esto me llevó a pensar sobre mi tía-abuela Felisa, recientemente fallecida, más que nada a la última visita que le hice, allá en su piso cercano a la calle Recaredo. Recuerdo que mi madre y yo bajamos a por el coche, era un día de Otoño, con un sol dorado salido de un poema de la señorita Arana, no hacía mucho calor y unos niños, dadas las horas de la tarde, corrían por la acera jugando al escondite. Ambos nos montamos en el coche y pusimos como de costumbre Onda Cero, a esa hora estaban echando el típico programa local de la tarde con entrevistas a personajes insulsos y noticias varias sobre la política de la ciudad donde los ciudadanos que a esa hora sintonizaban la emisora emitían sus quejas en directo, creyendo de forma estúpida que alguien iba a recoger esas opiniones.

Nos dirigimos a la casa de mi tía-abuela que estaba a unos 20 minutos de casa, para los que me conocéis, sabéis que yo vivo muy alejado del centro. Como de costumbre, el trayecto se nos hizo eterno por los parones del tráfico, la masificación de la gente que sale de paseo o del trabajo y que impacientes hacen todo lo posible por adelantar el regreso al hogar. Al llegar a Recaredo lo difícil fue encontrar aparcamiento, por lo cual, mi madre se decidió a dejarme ante la puerta del bloque de pisos para que subiese yo primero mientras ella solucionaba el problema del párking.

Entré en el bloque acompañado de una muchacha joven que tendría mi edad o eso supuse, era de tez morena, pelo largo y oscuro salpicado con esas mechas rubias que tanto se llevan ahora, con un cuerpo fino y bien formado, la típica chiquilla que pasa por la calle y todos la miran. Avanzamos ambos hasta el ascensor y ella apretó el botón. Yo miraba al suelo avergonzado, intimidado por su presencia. Ella hacía gala de sus uñas pintadas acariciando el botón de la luz. Llegó la hora y nos montamos en el ascensor y subimos hasta la 3º planta en la que yo me bajé, despidiéndome de ella con un escueto “hasta luego”.

Avancé por un pasillo estrecho y oscuro, y me enfrenté con la puerta marrón de la casa. No me hizo falta llamar porque allí estaba ya mi otra tía, Teresa, esperándome. Me hizo pasar, me sentó en el sillón del salón y me ofreció una taza de café y unas pastas que fueron rechazadas de manera cordial como es costumbre. Mi tía Teresa no paraba de caminar casa arriba y casa abajo con sus 80 y largos años a la espalda, pero con una fuerza de chiquilla de las de antes. De mi tía Felisa no intuí nada, supuse, pues, que estaba en la habitación descansando o quizás en el baño ayudada por la señora que las cuidaba a ambas.

Al poco tiempo, se sentó mi tía Teresa y a la vez, bramó el telefonillo avisando de la llegada de mi madre. Me levanté y me fui a la puerta a esperarla.

Al instante llegó y de nuevo la misma cantinela, mi tía se levanta, la sienta en el sillón y le ofrece una taza de café y unas pastas que mi madre rechaza muy graciosamente. Se inicia la ronda de preguntas que siempre nacen en estas ocasiones: cómo está la tía, qué ha comido hoy, cómo está Teresa, qué hay de los chiquillos, Pablito tiene novia ya y cómo le van las notas… Yo aproveché la ocasión, pregunté por mi tía y avancé hasta la habitación donde ella descansaba.

Abrí la puerta y allí estaba, la cabeza cana sobresaliendo apenas de las sábanas, la boca abierta, los ojos cerrados, las manos que preceden a la muerte, repletas de manchas presumibles por la vejez, livianas como hojas, lánguidas, enfermas.

Fue justo así como lo recuerdo todo, la última vez que la ví con vida, a principios de Otoño, dormida en la cama. Ahora repasando un poco aquello me doy cuenta que quizás aquel día tuve referencias exactas de lo que es o presumo que será mi vida. La juventud de los niñosque corrían por mi calle escondiéndose de algo, la madurez presentada en los atascos, el amor reflejado en esa mujer que te acompaña y sube contigo en el ascensor, la muerte acostada, sin fuerzas, en una cama triste de un piso en el centro.

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8 Respuestas a “La vida en un día

  1. Jesu 26 marzo 2007 en 11:10 pm

    Comentario pre-lectura: me cago en los muertos de WordPress, en su puta madre y en toda su puta casta.

  2. Buentes 26 marzo 2007 en 11:13 pm

    Yo no, pero por favor que arreglen de una vez el problema, que el texto está cuajaito de incorrecciones y no me permiten arreglarlo… grrrrr

  3. Jesu 26 marzo 2007 en 11:48 pm

    Comentario post-lectura: mañana te lo pongo, que ahora estoy mu cansao…

  4. Buentes 26 marzo 2007 en 11:58 pm

    Comentario post-comentario del Jesu: Yo mañana te lo leo, ahora estoy rebentao…

  5. Bukowski 27 marzo 2007 en 10:45 am

    La entrada es realmente buena. Sobre todo, me ha gustado el último párrafo, que da sentido a toda la narración. Aunque, por ponerme puntilloso, se le podría corregir la prosa :P.

    Pero, sin duda, es una de las mejores entradas de este blog, con diferencia. Felicidades.

  6. Buentes 27 marzo 2007 en 1:23 pm

    La prosa es patética, pero entiende que anoche el WP tenía problemas y no me permitió corregir los errores.

  7. Vázquez 27 marzo 2007 en 3:09 pm

    Buentes, es curioso cómo no solo el imaginario literario ve la muerte representada en una anciana postrada en la cama (“una anciana enjuta entre sábanas”), sino que a veces también los hombres la vemos de la misma manera en una tía-abuela, en una madre, en una amiga. Lo maravilloso de tu post es el sentido que aquella visión, que aquel día tuviste de la muerte, le da a la vida (tu vida) . Muy bueno. Enhorabuena.

    ((Pd.- En casa te leemos varios, y a más de uno se nos saltaron las lágrimas con tu “Gran hermano”))

  8. Buentes 27 marzo 2007 en 4:00 pm

    jajajaja, muchas gracias Vázquez, me alegra mucho esa noticia.

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