In Ictu Oculi
Recetario para los nuevos tiempos
Archivos por Etiqueta: Sevilla
Una bola de cera
Primavera de un año que no recuerdo. Los días eran largos, caían pétalos blancos de los naranjos y hacía un calor de rebeca, calcetín de punto y pantalón corto. Era Sevilla sin duda, Semana Santa. Teníamos alquiladas un par de sillas en la Campana y, entre cofradía y cofradía, los niños destensaban la espera jugando al fútbol con unas latas. Yo apenas levantaba un par de palmos del suelo y guardaba algunos huecos ocultos en la sonrisa. Hablaba más, miraba menos, dedicaba mi tiempo a responder con media lengua las burlonas preguntas cofrades de nuestros vecinos de zona, mientras veía a los niños correr tras las vallas. Algunas veces me unía a ellos y corría entonces con unas gafas que recuerdo enormes, unos zapatos pesados que yo transformaba en botas de taco. Así todo era más fácil. Los pantalones cortos eran calzonas y la camisa, la zamarra blanca de un Zamorano ídolo de masas. Leer más de este artículo
La certeza
Un poeta no es alguien superior a nadie. Sus capacidades no son diferentes a las del vendedor de frutas de tu calle, no tiene por qué ser profesor, experto lector, especialista en juegos gramaticales. Su licenciatura está fuera de la Universidad, su única ley es la del vigía: traducir las señales del tiempo en lo que nos rodea. Leer más de este artículo
Peines de azúcar
Dice Lorca de Silverio que su melodía duerme con los ecos. Definitiva y pura. Tarde de noviembre, lluvia y frío lamiendo las piedras del alma del cuatro de la calle Rosario. Cae la tarde mientras busco el solar –buque fantasma- del Café Silverio de Sevilla. Leer más de este artículo
La línea más esperada de la historia

“Niña, pero mira qué boquerones… guapa! guapa! son frescos frescos, para el estreno!”. Es día de fiesta en el barrio. Lo dice el pescadero mientras una nube de mujeres viene y va por el mercado. En la esquina, tres abuelos hablan de la libra y hacen cuentas: “más de 500 millones dicen… con eso tienen pa’ hacé las otras tres…“. Son las once de la mañana y las sombras suben calle arriba hasta la estación. Desde lejos, parece un templo de acero y cristal. En la puerta tres chicos inflan globos mientras el guardia los observa con curiosidad. Leer más de este artículo
Una última naranja
Ahora que estás lejos y quieres, me dices en tu carta, volver a la ciudad en que naciste; te diré del sol que abraza rincones y tú, que sabes de estrellas, volverás a los vericuetos de una casa con muros de luz cegadora. Te diré de los árboles como centinelas, y tú que has colgado ramas en tu puerta volverás a la explosión blanca del naranjo que señala a una casa con muros de luz cegadora y murmullo de agua. Te diré del albero cegado de los alcorques, y tú, que has prensado la tierra con tus pies, cerrarás la puerta de luz cegadora tras tu sombra y baldearás, como aquella tarde, la terraza de muros encalados donde crece el geranio y cae, como caen las piedras indescifrables, una última naranja.
Compras de Marzo
Lo nuevo de Carmelo Guillén Acosta, La vida es lo secreto. Editado por Rialp, es lo último tras la actualización de sus poesías completas en Númenor, hace un año.
Carlos Marzal vuelve después de un largo paréntesis poético. De la mano de Tusquets, el valenciano nos entrega Ánima mía. Un libro con el que saciar a los entusiastas de los premiados anteriormente Fuera de mí y Metales pesados.
Marzo viene fuerte…
La esquina de Dato
… tiene dos bancos y un naranjo enorme, una vieja comiendo pipas los miércoles a las 17:45 y las fachadas ciegas de dos casas que apuntan al vértice. No hay nada extraño en su construcción pues lo mágico de la esquina es su naturaleza de plazoleta de barrio, casi secreto a voces, a pesar de estar en mitad de la avenida.
Atravesar la esquina es entrar en otro mundo por momentos. De la luz a la sombra hay apenas una pedalada, la rueda que resbala sobre el asfalto caliente y lo besa si aprietas un poco el freno. Y entras en el reino de la Sevilla eterna, el de las esquinas llenas y naranjos que hablan de callejuelas y casas bajas. Es el primer azahar del año y por un momento cantas como cuando salías del colegio y corrías sin saber del silencio de los años. La sombra es distinta, más pequeña entonces, y la maleta pesa menos. Pero el tiempo no se detiene, nunca vuelve atrás como la rueda. Y das una pedalada y luego otra, y se hace la luz y el semáforo abre el camino. El tiempo no se detiene y hace girar la rueda hacia adelante, hasta el fin de la avenida.
En la estación (versionando haikus)
En la estación,
el tiempo es una vía
interminable.
—
Caen las horas.
El tiempo es una vía
interminable.
Sobre una fotografía de Esperanza Recio
El reloj pulsa los nervios. El andén palpita como un corazón abierto, sístole y diástole, atrapado por el esternón de luz y metal que se dobla sobre la estación. Hay corros bulliciosos de viajeros e hileras de turistas que asoman la cabeza y buscan una señal a lo lejos. Junto a las vías, alquien cuenta las traviesas -cuatro, cinco, seis, siete…- hasta el infinito. En la estación, la espera parece interminable.
* Es un ejercicio de clase.








