In Ictu Oculi
Recetario para los nuevos tiempos
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La línea más esperada de la historia

“Niña, pero mira qué boquerones… guapa! guapa! son frescos frescos, para el estreno!”. Es día de fiesta en el barrio. Lo dice el pescadero mientras una nube de mujeres viene y va por el mercado. En la esquina, tres abuelos hablan de la libra y hacen cuentas: “más de 500 millones dicen… con eso tienen pa’ hacé las otras tres…“. Son las once de la mañana y las sombras suben calle arriba hasta la estación. Desde lejos, parece un templo de acero y cristal. En la puerta tres chicos inflan globos mientras el guardia los observa con curiosidad. Leer más de este artículo
El autobús
Me gustan las historias de autobús. Probablemente se me pueda tachar de cotilla e, incluso, de voyeur literario que busca historias -dichoso nuevo periodismo de Mailer y Wolfe…- sentado en esos asientos naranjas, pero merece la pena el desagravio si se tienen en cuenta la cantidad de anécdotas y vivencias que recojo de mi visita diaria al autobús. Ahora la gente tiende a desaparecer ventana afuera y esconderse -sí, esconderse- con el ruido del mp3 o sucedáneo, pero quedan rescoldos aún, personas de otros tiempos que rescatan esa magia de pueblo que son las conversaciones, las buenas conversaciones. Nunca son una pérdida de tiempo y, cuando no te aportan una idea interesante, al menos te regalan una buena historia que contar o un momento mágico, poético diría, de esos que gustan cantar en algún poema.
Hoy una anciana me ha regalado uno de esos momentos. Ella tendría sesenta y muchos, el pelo cano, las manos trabajadas y el temple de la mujer que sabe de la vida. Iba sentada junto a su nieto supongo, un adolescente de medio pelo -literalmente-, muy moreno y que perdía la mirada entre los coches. Cuando pasábamos junto al Cachorro, ella recordaba en voz alta lo siguente: “En aquella acera vivía Tía Antonia. Ya murió hace algunos años y tampoco su casa sigue en pie. Estaba allí, junto a la Capilla. Era un enorme patio de vecinos. Yo viví con ella muchos años. Teníamos una sola habitación para seis personas. De día era un salón, con su mesa, sus sillas, la radio… de noche era nuestro dormitorio, quitábamos las sillas y “hasta mañana si Dios quiere”. Jugué mucho en el patio y recuerdo el tejo, Tía Dolores con los patines, el turco… siempre en el patio, cuando los hombres descansaban del trabajo y las mujeres… cuando las mujeres lavaban la ropa a mano y la secaban en el patio, al sol, mientras corríamos. Otros tiempos…”






