In Ictu Oculi
Recetario para los nuevos tiempos
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Amianto
El autobús está medio vacío cuando pasa por Puerta Triana a mitad de tarde. Si hace buen tiempo -como casi siempre- hay algo mágico en este cruce de caminos que bien te puede llevar al centro -La Giralda señalando hacia algún punto desconocido- o al Aljarafe, por donde escapa el sol a zancadas. Si sabes mirar, todo es un espectáculo allá afuera: el asfalto caliente, la hierba entre las piedras al borde del semáforo, los montes y las luces, más allá, a lo lejos.
Pero el autobús está medio vacío e invita a remover las ascuas de la memoria, retornar al viernes pasado, por ejemplo, a la conversación con Judit: “Sevilla tiene algo especial y no lo digo solo por haber nacido en Sevilla. Para mí lo es todo, es la infancia, la alegría, la magia del sur guardada en un único lugar, algo propio que he tratado de enseñar a mi hijo. Que conozca su tierra, que la ame“. Y sus palabras se unen como un eslabón más al paisaje. El autobús continúa y avanza ya por Triana. Desde atrás me llega la respuesta: “Estoy cansado de Sevilla, siempre lo mismo, sol, calor, obras... ¡Podría estar ahora en la playa, tirado en la arena, tomando el sol…!” dice un chaval mientras pulsa el botón de salida.
Y entonces lo veo todo como si una ventana diera a la estéril escena, algo que rehuye del origen y me enseña a esperar, a apreciar los dones.
El autobús
Me gustan las historias de autobús. Probablemente se me pueda tachar de cotilla e, incluso, de voyeur literario que busca historias -dichoso nuevo periodismo de Mailer y Wolfe…- sentado en esos asientos naranjas, pero merece la pena el desagravio si se tienen en cuenta la cantidad de anécdotas y vivencias que recojo de mi visita diaria al autobús. Ahora la gente tiende a desaparecer ventana afuera y esconderse -sí, esconderse- con el ruido del mp3 o sucedáneo, pero quedan rescoldos aún, personas de otros tiempos que rescatan esa magia de pueblo que son las conversaciones, las buenas conversaciones. Nunca son una pérdida de tiempo y, cuando no te aportan una idea interesante, al menos te regalan una buena historia que contar o un momento mágico, poético diría, de esos que gustan cantar en algún poema.
Hoy una anciana me ha regalado uno de esos momentos. Ella tendría sesenta y muchos, el pelo cano, las manos trabajadas y el temple de la mujer que sabe de la vida. Iba sentada junto a su nieto supongo, un adolescente de medio pelo -literalmente-, muy moreno y que perdía la mirada entre los coches. Cuando pasábamos junto al Cachorro, ella recordaba en voz alta lo siguente: “En aquella acera vivía Tía Antonia. Ya murió hace algunos años y tampoco su casa sigue en pie. Estaba allí, junto a la Capilla. Era un enorme patio de vecinos. Yo viví con ella muchos años. Teníamos una sola habitación para seis personas. De día era un salón, con su mesa, sus sillas, la radio… de noche era nuestro dormitorio, quitábamos las sillas y “hasta mañana si Dios quiere”. Jugué mucho en el patio y recuerdo el tejo, Tía Dolores con los patines, el turco… siempre en el patio, cuando los hombres descansaban del trabajo y las mujeres… cuando las mujeres lavaban la ropa a mano y la secaban en el patio, al sol, mientras corríamos. Otros tiempos…”






